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jueves, 14 de noviembre de 2013

Sociofobia



La importancia de publicar ensayos que pongan en entredicho nuestra visión de la realidad es mayúscula; si, además, tenemos la suerte de que la obra en cuestión analice y critique elementos que damos por inamovibles, aún mayor. En SociofobiaCésar Rendueles nos brinda una visión desmitificadora de lo que ha supuesto la revolución tecnológica de los últimos años en lo concerniente a progreso social y, sobre todo, establecimiento de vínculos. Esta carencia (o destrucción) de valores que se ha dado con el capitalismo o el neoliberalismo, y que se sigue apuntalando con lo que el autor denomina ciberfetichismo, nos conduce a un estado de apatía que se puede nombrar con el título del ensayo. La sociofobia no sería más que la consecuencia de un consumismo feroz que nos ha conducido hasta un punto de pérdida de referentes sociales, de ausencia de lazos coherentes que nos comprometan con el entorno, de expectativas políticas que vayan más allá de la mera pose, la asistencia ocasional a alguna manifestación o el refrendo de una convocatoria a base de “Me gusta” de Facebook.

La tesis de partida es que la tecnología, lejos de ayudarnos a romper con las dinámicas de aislamiento (social e individual) que el neoliberalismo viene sutilmente imponiendo desde hace décadas, nos convierte en seres más autárquicos y, casi por definición, indefensos.
No nos sentimos interpelados por el doble fracaso del hipercapitalismo y el tercer mundo porque nuestras sociedades se piensan a sí mismas como un entorno reticular al mismo tiempo sutil y denso, con vínculos sociales cuya fragilidad queda compensada por su abundancia. Internet habría hecho realidad así la utopía sociológica del comunismo: un delicado equilibrio de libertad individual y calidez comunitaria, o al menos el sucedáneo que nos puedan proporcionar Facebook y Google+.
Clarificado este punto, Rendueles divide su ensayo en dos partes en las que analiza los tópicos en los que ha incurrido ese ciberutopismo, en primer lugar, y los errores/dejaciones que las propuestas anticapitalistas han cometido en su abordaje del siglo XXI, en segundo.

La primera parte analiza cuestiones tan controvertidas (y cargadas de demagogia) como el copyright, el trabajo colaborativo en internet y los bienes comunes. El autor estudia la aparición de propuestas alternativas, tales como las iniciativas copyleft, o los movimientos a favor del software libre, para conectarlos y relacionarlos con la actividad comunitaria entendida en un sentido social. Uno de los aspectos más interesantes de este apartado es el referente a las distinciones que se establecen entre altruismo y cooperativismo: aunque pueda parecer que la colaboración en Internet es desinteresada, los lazos que se establecen carecen de cohesión al estar basados en un impulso hedonista (la satisfacción propia al contribuir a algo), amén de estar depauperados por un entorno mercantil que se aprovecha de la “buena voluntad” de los voluntarios (que crean un escenario que reproduce intereses capitalistas; por ejemplo, subtitulando series que se comercializan en los canales mainstream…).

Lo interesante no es tanto que de hecho no haya compromisos normativos fuertes en Internet, como que parece que hay buenas razones para pensar que no puede haberlos de forma sistemática. [...] El coste a pagar por la combinación de independencia y cooperación características de Internet es que no puede ser un polo de autogobierno en sentido fuerte.
Así, no queda más que afirmar que «Internet es la utopía postpolítica por antonomasia» y que está fundamentada en «la fantasía de que hemos dejado atrás los grandes conflictos del siglo XX». La cantidad de ingente de información a la que nos exponemos, en lugar de desarrollar el impulso de actuar (de forma pública y social, es decir: política), nos satura con opiniones que sólo nos llevan al aplazamiento de nuestra implicación en la vida que nos rodea. Y el colofón final del autor es contundente:
El ciberfetichismo y la sociofobia son las fases terminales de una profunda degeneración en la forma de entender la sociabilidad que afecta decisivamente a nuestra comprensión de la política. Creemos que podemos satisfacer nuestra necesidad natural de contar con otras personas, no sólo para sobrevivir sino en la configuración de nuestra identidad, mediante relaciones granulares y limitadas. [...] El precio a pagar es la destrucción de cualquier proyecto que requiera una noción fuerte de compromiso.

No lo duden: Sociofobia es un ensayo imprescindible por muchos motivos; pero, sobre todo, porque su lectura nos abre la mente a un universo de posibilidades que, por desgracia, las nuevas tecnologías nos hurtan. Háganse con él ya.

jueves, 17 de octubre de 2013

La vida cuando era nuestra

No todas las historias de la postguerra española se convierten en tragedia, queda siempre la esperanza de esa tenue luz que ilumine el camino, sobre todo cuando alguien esgrime la frase “añoro la vida cuando era nuestra” como un firme y vehemente deseo de sobrevivir. 

Era una vida llena de ilusiones, hecha de libros en su pequeña editorial y de charlas de café, de siestas lánguidas y de proyectos para construir un país, una España, que aprendía paso a paso, y en plena República, las reglas de la democracia. Pero un día de 1936 ese vivir se convertiría en una auténtica resistencia y, quince años después de todo aquello, a los protagonistas de esta historia, solo les quedan los recuerdos y una pequeña librería de viejo, escondida en uno de los barrios antiguos de Madrid, donde Lola y Matías, su marido, acuden cada mañana para vender y cambiar novelitas románticas, clásicos olvidados y gomas y lápices de colores a quien se acerque por su modesto establecimiento. Es aquí, en ese lugar modesto, donde una tarde de 1951 Lola conocerá a Alice, una mujer que ha encontrado en los libros su razón de vivir y la historia de ambas se confunden en el Madrid triste y sombrío de la postguerra española.

Marian Izaguirre (Bilbao, 1951) ha escrito en La vida cuando era nuestra (2013), una segunda novela titulada La chica de los cabellos de lino que, un día, Alice y Lola, empiezan a leer para satisfacer una reclamo publicitario de Matías, su marido, que deja un libro abierto sobre un atril, en el escaparate de su librería, sobre el que van pasando las páginas a diario para que los visitantes vayan leyendo esa curiosa historia. Y eso es que lo harán ellas, desentrañar, página a página, las vivencias de la pequeña Rose en la Francia e Inglaterra de preguerra, y como se mueve entre la campiña francesa, el lujo inglés, las mansiones, fiestas, lujos y extravagancias que le llevan a conocer una suerte de vida diferente y, por añadidura, la tragedia y la desgracia. 

Mientras no deja de preguntarse quiénes serán sus padres, otro de los misterios a develar en esta historia. Al mismo tiempo, Lola va confiando en su extraña amiga a quien empieza a confesar la suya personal, que a medida que se suceden las páginas se convierte en ese auténtico relato paralelo, y muestra esa otra cara que nos quiere ofrecer Marian Izaguirre, el dolor de la trágica sociedad española y la intrahistoria de muchos de los anónimos protagonistas que tanto perdieron, y se vieron obligados a sobrevivir en las medidas de sus posibilidades, afrontando un futuro incierto y aterrador.

La vida cuando era nuestra es un homenaje a la lectura, pero es sobre todo la historia de dos mujeres, una que poco sabe de la vida y otra que quizá sabe demasiado, aunque no pueda hablar. Entre estas miradas cómplices anda el talento literario y la sorpresa lectora de Marian Izaguirre.

Crítica: Pedro M. Domene

viernes, 26 de abril de 2013

La Caza

Hace no mucho, un conocido mío publicó en cierta red social (esa sobre la que David Fincher hizo una peli) un enlace con una noticia, a la que acompañó con un comentario que decía 'qué poca vergüenza'. 

El enlace en cuestión remitía a una noticia sobre la reciente controversia de los 'sobres' del PP. Anunciaban que los principales dirigentes de dicho partido ofrecerían 1000€ a cada ciudadano por 'estarse calladitos y hacer como si no hubiese pasado nada' con el tema de las tramas de corrupción. Evidentemente, la noticia era una guasa, y la página, un periódico virtual satírico.

Lo que me pareció alarmante, aparte del 'qué poca vergüenza' (señal de que, increíblemente, se había tomado por veraz la noticia) fueron las dos o tres personas más que comentaron en el enlace cosas como 'qué chorizos son' o 'qué cara más dura'. Mi sorpresa fue mayúscula porque, si ya el titular era improbable, el tono conque estaba narrada la 'noticia' era altamente irónico. Imagino que ni siquiera la leyeron y entraron todos al trapo a la mínima señal, puesto la política es un tema con el que casi todo el mundo se siente seguro despotricando lo que sea. Como con los pederastas, mejor dicho: con los 'presuntos' pederastas.



Comento esto porque creo que, en el fondo, es de lo que nos habla 'La caza'; de la facilidad que tenemos para juzgar cosas que no entran en nuestros esquemas de tolerancia y que, al no querer plantearnos, rechazamos de primer plano. ¿Pederasta? Hijo de puta. ¿Posible pederasta? Hijo de puta, también. Si el río suena, agua lleva. Puede ser que sí, o puede ser que no, pero, ¿quién se va a molestar en decir 'oye, que a lo mejor es un buen tipo que en su vida ha puesto la mano encima a un menor'? En seguida pueden pensar que estás 'defendiendo' al pederasta, y pasan a mirarte mal a ti también. La gente es así. Más aún cuando estás en el punto de mira de no ya un par de individuos, sino de la masa, que ya decía Spencer Tracy en 'Furia' que 'la masa enfurecida no piensa'. ¿Los niños? Dulces, inocentes y también muy sobreprotegidos.

'La caza' es una película muy peliaguda, más compleja de lo que parece, estupendamente interpretada por Mikkelsen, con cierto tufillo a telefilm que le baja algún punto, pero vertebrada en base a una pregunta muy aguda.

¿Cómo vamos a dar el beneficio de la duda, si ya vivimos constantemente dudando?


Redeker (filmaffinity)

lunes, 25 de febrero de 2013

Meridiano de sangre


Asomarse a McCarthy tiene peligro, asomarse a Meridiano de sangre a pelo es prácticamente un suicidio. Valga como aviso; Meridiano de sangre no es una novela con la que descubrir a McCarthy.
Una visión dura y violenta de la humanidad, primaria.

La novela tiene 345 páginas. McCarthy es tan áspero escribiendo, tan poco descriptivo, inexpresivo y frío que el lector ha de imaginarse muchas escenas de la novela. El tiempo es relativo en esta novela, pasa velozmente mientras los protagonista cabalgan en ponis o en caballos, para, en la siguiente acción, pasar lentamente mientras suben una montaña o acampan en chozas abandonadas; y vuelve a pasar rápidamente al seguir el rastro de los salvajes o al organizar una matanza en un campamento indio, para languidecer de nuevo sentados en plena noche a la luz de un buen fuego. La escritura de McCarthy es extraña, con frases cortas y pocos diálogos marcados, la novela es oscura y sumamente violenta.

Conocemos a un chico, del que sabemos una pequeña pincelada de su pasado, que vaga por tierras áridas y desiertos sobreviviendo de pequeños trabajos o robos. El chico es violento, no habla demasiado y es americano. Se pelea con frecuencia y es capturado por unos mejicanos y obligado ha hacer trabajos penosos como recoger excrementos humanos junto a otros presos americanos. Durante ese episodio llegan al pueblo Jinetes americanos de apariencia salvaje, semidesnudos, con restos humanos a modos de trofeos y fuertemente armados. El y dos mas deciden unirse a ellos, el fin del grupo es dar caza a lo indios. Asesinatos, violaciones, persecución, el fin es acabar con los salvajes, decapitaciones entre los jinetes del grupo, abandonos, fugas, todo sucede sin el mas mínimo reproche, sin apenas palabras. 

La estrella del grupo asesino es el juez Holden un hombre frío y calculador, que sabe moverse muy bien en todos esos parajes y que guía al grupo a la caza de los indios, un ser despiadado que bien podría encarnar al mismísimo diablo.

McCarthy deja al imaginativo del lector un montón de datos sobre toda la historia, sabemos los nombres del grupo de jinetes, pero no así el del protagonista, al que llama el chaval o el chico, tampoco sabemos en que año o años transcurre la novela, y tan solo se citan algunos lugares y pueblos. Apenas hay referencias de ninguna época, auque podríamos situarla en el salvaje oeste durante  principios del siglo diecinueve en alguna frontera entre Méjico y Estados Unidos. En conjunto la novela me ha parecido escasa en información, muy esquemática y no he conseguido entrar en ella, McCarthy carga las frases de adjetivos difíciles y de frases algo complicadas de asimilar, llegando a desesperar al lector en numerosas ocasiones. Por desgracia no me he sentido con animo para terminar la novela, a falta de escasas 100  páginas, he abandonado el libro.
No es un abandono definitivo, es una pausa. Para esta novela hay que tener una cierta predisposición, sobre todo anímica, que no me acompaña en este momento. Bloom se leyó esta novela al cuarto intento, así que como veis no es ninguna bobada.

Para muchos McCarthy es un genio, y esta novela, es de lo mejor que se ha escrito nunca. McCarthy es un buen escritor. No he conseguido seguir el juego que McCarthy nos propone, aunque soy consciente que la novela posee un aura fantástica de Western maldito, de novela apocalíptica que la confieren como una novela única y personal, como una apuesta para aquellos que estén preparados para asomarse al mismísimo infierno. Hace ya tiempo que, aunque me de una rabia terrible, no me cuesta dejar un libro a medias. Quizá mas adelante la brusquedad de McCarthy me sea menos hostil.


lunes, 4 de febrero de 2013

Hablar solos


«No fue triste. Dispersé sus cenizas y reuní mis pedazos»…

Si en algún momento se ha preguntado usted cómo son las «despedidas de verdad», aquellas que no tienen vuelta atrás, las que jamás se suavizan con la posibilidad de un regreso, Andrés Neuman tiene la respuesta.
Él las define como «fuera de lugar, torpes».


Y no han de ser de otra manera si nos atenemos a lo expuesto en este corolario a tres voces. Un tríptico que narra la vida desde tres planos bien diferentes. El del hijo de diez años, Lito, con la inocencia y la urgencia de la temprana edad, una prisa nerviosa; el de la madre, Elena, pausado, causativo, con la sensatez resultante de soportar los embates de la vida; y por fin el del padre, Mario, atribulado, sincopado, quitándose la palabra, iniciando una explicación que será velada por la idea siguiente, que atropella su previa claridad expositiva. Y siempre en primera persona, como confidencias o reflexiones en voz alta. No, en voz alta no; en voz baja. Un susurro es la narración entera. Y las voces ocupan todos los tiempos: Lito es el presente que ansía rebelarse; Elena es el futuro que se vislumbra incierto; y Mario es el pasado, el mirar atrás como opción más feliz que tender la vista al frente. Tres voces como tres recursos: la primera fustiga con su período corto, asfixiante al orlarse de modernidad con las abreviaturas que el hijo usa en los sms que envía a su madre; la segunda es una lluvia que empapa hasta hurgar lo profundo del alma; la tercera carece de ánimo para enfrentarse al devenir, es una huida a ninguna parte.

Aquí la descarnadura se hace visual hasta dañar: «Cuando entro en su habitación, vestida con la ropa que le gusta, peinada para él, siento que me mira con rencor. Como si mi agilidad lo ofendiera. ¿Cómo estás, mi amor?, lo saludé esta mañana. Aquí, muriéndome, ¿y tú?, me gruñó»… Crudo, pero irrefutable: si un estado de ánimo condiciona una respuesta, ¿qué no ha de hacer una enfermedad?

Respuestas… y preguntas. Podríamos hacernos muchas (y hacérselas a él) sobre la sorprendente capacidad narrativa del escritor. Yo me quedo con una que me sobrecoge y pasma a la vez: ¿por qué sabe tanto Andrés Neuman de la psique de la mujer? ¿Está en lo cierto cuando ahonda en lo intrínseco y trae a la luz esas interioridades recónditas de una chica, su modo de sentir, sus anhelos y motivaciones? ¿Cómo ha logrado descifrar ese lenguaje? ¿Será envidia lo que siento? Quiero pensar que no. Es profunda admiración ante su fértil observación de las féminas y esas introspecciones que considero tan atinadas. No sólo en esta obra en particular, donde borda la mente de Elena, sino a lo largo de su producción literaria (que conozco desde la deliciosa La vida en las ventanas, una sorpresa para mí, y que tuve la fortuna de reseñar hace años para el periódico Heraldo de Aragón). Porque, no nos engañemos, Elena vertebra este trocito de vida en forma de novela, le da consistencia hasta ser el vórtice de una vorágine, la que reflexiona sobre lo trascendente, la muerte y el amor… o sus respectivos antagonismos: el sexo y la vida.

¿Lo he formulado al revés? Me da que no… Pido perdón si me he equivocado.





Esta obra, engalanada con un primoroso armazón literario (expuesta incluso a la comparación frente a textos de otros autores), con deje otoñal, está muy bien trazada hasta su epílogo, largo y empero tan armonioso que ni se nota, fácil de leer porque despierta el interés del lector por su trama y porque le ayuda con la ya referida abundancia del uso de frases breves, donde cada una contiene una máxima, una razón para seguir vivo.
Así es. Que a ningún lector se le oculte que aunque la muerte ronda a quienes se dedican a Hablar solos tras la visita del infortunio, hete aquí un catálogo con las razones para vivir. Y para no estar solo.
A menos que uno quiera, claro…

Amadeo Cobas (estandarte)

jueves, 17 de enero de 2013

Django desencadenado



Que voy a decir de Quentin Tarantino a estas alturas de película que no se haya dicho o escrito ya anteriormente. Todos sabemos quien es este hombre, que clase de cine hace, su huella cinematográfica es inconfundible, sabemos cuales son sus fuentes de inspiración, sabemos que clase de música es la que le motiva, sus actores  fetiches, etc.

Si hay algo que caracteriza al cine de Quentin (aparte de su violencia) es su honestidad, este tipo es sincero con sus películas, no engaña a nadie, es un cine visceral con guiones atropellados, llenos de continuas referencias a la cultura pop, donde pretende revisitar y homenajear al cine que le gusta, el que disfrutaba y devoraba cuando trabajaba en un videoclub de Los Ángeles.


Tras su paso por el cine bélico con su anterior Malditos bastardos (2009)esta vez se decanta por revisitar el spaguetti-western como si pretendiera ser un  Stanley Kubrick contemporáneo, o sea, rodar una película de cada uno de los grandes géneros del cine.

Django desencadenado, funciona desde principio a fin, apoyada con un gran elenco de actores que están soberbios en sus respectivos roles.Desde Jamie Foxx hasta un inmenso Leo DiCaprio, pasando por el austriaco  Christopher Waltzque ya nos dejó un papel memorable en Malditos bastardos, encarnando al oficial nazi Hans Landa, y el siempre lúcido Samuel L. Jackson.


SINOPSIS: Dos años antes de estallar la Guerra Civil Americana (1861-1865), King Schultz (Christophe Waltz), un cazarrecompensas alemán que le sigue la pista a unos asesinos, le promete al esclavo de color Django (Jamie Foxx) dejarlo en libertad si le ayuda a atraparlos. Terminado con éxito el trabajo, Django prefiere seguir al lado del alemán y ayudarle a capturar a los delincuentes más buscados del Sur. Se convierte así en un experto cazador de recompensas, pero su único objetivo es rescatar a su esposa Broomhilda (Kerry Washington), a la que perdió por culpa del tráfico de esclavos. La búsqueda llevará a Django y a Schultz hasta Calvin Candie (Leonardo DiCaprio), el malvado propietario de la plantación "Candyland". 

Django se erige como una especie de Uma Thurman vengativa en Kill Bill, incluso en esta ocasión Tarantino ha querido tener su particular escena mítica al estilo "La novia contra los 88 maníacos en la casa de las hojas azules".

En esta ocasión, os propongo que conteis cuantas veces dicen "nigger" durante la película.

En definitiva: Django desencadenado es una nueva muesca en la pistola de Quentin, una hoja de estilo de cine pulp, una película que no se deben perder ni propios ni extraños. El único "pero" es que quizá se echa en falta en esta cinta unos diálogos más caústicos, es cine de Tarantino en estado puro, Tarantino es así, en el cine no hay enemigo pequeño, el cine es un espectáculo que es pantalla contra espectador...blablabla.


Sergio Ramírez.


miércoles, 19 de diciembre de 2012

El tango de la guardia vieja

Si la literatura es una forma de evadirse de la realidad, de escapar de lo cotidiano, El tango de la guardia viejaes el mejor billete de ida y vuelta que encontrará a día de hoy en las librerías. Un viaje en el tiempo, la historia de una pasión, el relato de un pícaro, un vividor, un perdedor enamorado de una bellísima mujer, independiente, atrevida e inteligente.

La historia de Max Costa y Mecha Inzunza, es la crónica de una historia de amor imposible, de sexo, de espías, de un ladrón de guante blanco y un collar de perlas, de odios y rencores, pero por encima de todo, un relato sensacional sobre el paso del tiempo y su devastador resultado, sobre las arrugas que este deja en la piel y en el alma.


Novela excepcionalmente documentada, un derroche de sobriedad narrativa, con diálogos soberbios que además de dar voz a la historia, dan continuidad y permiten que la trama avance, magníficamente ambientada, y como ya es marca de su autor, con un extraordinario dominio del lenguaje al alcance de muy pocos. 


Pérez-Reverte, nos hace entrega, además, de su novela más visual, la más cinematográfica, en la que música y moda juegan un papel muy destacado y se convierten en personajes secundarios imprescindibles. (Leer El tango de la guardia vieja en eBook y ampliar información sobre la época, los trajes y vestidos, y sobre cantantes, canciones y música, logra sumergirte en la historia como pocas ficciones consiguen).


Terminar el relato es concluir un viaje, un hipnótico e inolvidable viaje al arrabalero Buenos Aires de finales de los años 20, a la incertidumbre y los rencores de la Riviera en el 37, y al glamur de la costa Amalfitana de mediados de los 60. Pasar la última página provoca en el lector la sensación de abandono, de volver a estar solo, de perder definitivamente y para siempre el contacto con un amigo, el chófer del doctor Hugentobler, un amigo que una vez hace muchos años, mientras tomábamos un Negroni en el bar Fauno, nos contó el relato de su vida y su maravillosa historia de amor con una mujer, Mercedes Keller, la madre del gran y joven maestro chileno del ajedrez.


Ya solo queda abandonar la habitación del Grand Albergo Vittoria y emprender, sin Max, el viaje de regreso a casa…


Sin ninguna duda la mejor novela de Arturo Pérez-Reverte. Soberbia. 


José Luis Ramírez (Quelibroleo)


martes, 4 de diciembre de 2012

'Una metamorfosis iraní' o la kafkiana desventura de un periodista censurado

Pocos ejemplos tenemos de cómic iraní excepto la magna obra ‘Persépolis’ de Marjane Satrapi. Tal vez sea porque el gobierno de ese país no se encuentre entre los más democráticos del planeta. 

Si Satrapi aprovechaba en su obra para contar su historia y la de su país, con las luces y las sombras de la revolución islámica, la novela gráfica de la que hoy hablamos va un paso más allá. 

 En ‘Una metamorfosis iraní’ asistimos al testimonio real del autor, Mana Neyestani, que por culpa de unos dibujos en un semanario juvenil, ve cernirse sobre él el terrible peso de la censura y la represión política del régimen islámico. Todo por haber presentado unos dibujos en los que inocentemente una cucaracha usaba una palabra de uso común para la etnia azerí, que se ha sentido insultada por ese tratamiento. 

 La referencia a Kafka no es gratuita, obviamente. A partir del momento de la publicación de esos dibujos, el autor entrará en una espiral burocrática que le llevará a la prisión preventiva e indefinida y a un destino cada vez más incierto. En primera persona, y con una gran capacidad discursiva, Neyestani nos explica su odisea a través de las cárceles de su país (la situación de aislamiento, la incompresión de una situación injusta, el trato con todo tipo de presos, la locura de algunos de ellos…) y su posterior y complicada huida del país, que termina siendo un exilio en toda regla. 

 El estilo de Neyestani es sencillo, no especialmente oscuro ni abigarrado, y a pesar de no parecer encajar bien en un principio en el tono de la obra, finalmente resulta el más acertado para contar una historia cercana y a la vez inquietante. ‘Una metamorfosis iraní’ se convierte en una terrible, y aún así necesaria obra, y nos recuerda el papel de la cultura como bandera de libertad que, todavía hoy, cuesta enarbolar en según qué sociedades. 


 ‘Una metamorfosis iraní’ 
Mana Neyestani I
SBN: 978-84-7833-992-1 
Ed. Cartoné. 
204 pgs. 
B/N.
 Editorial La Cúpula

papelenblanco.com

miércoles, 31 de octubre de 2012

Cenital

¿Y cómo vengo yo a recomendar este libro? Con la que está cayendo, con el mal cuerpo que se le pone cada día a cualquier ciudadano medianamente consciente cuando repasa las noticias, y les pido encarecidamente que lean Cenital. Un libro en el que Emilio Bueso se pone el disfraz de profeta apocalíptico sin concesiones, en el que recoge todos los fantasmas que entrevemos con el rabillo del ojo y los combina para producir casi 300 páginas demoledoras, sin fisura para la esperanza. Pero mi recomendación tiene dos anclajes sólidos: en primer lugar, el libro es bueno. 

Tal vez una de las cinco mejores novelas españolas de ciencia ficción de la historia, aunque con el veredicto en parte pendiente a causa de la estrecha relación con la realidad actual de la historia. En segundo, creo que es positivo que, en el contexto actual, todos seamos ciudadanos lo más conscientes posible. De lo que nos jugamos, de quiénes somos en el fondo de nuestras tinieblas, de donde podemos ir si un buen día se terminan todas las razones para que los ricos den trabajo a los obreros, los bancos presten dinero a los ciudadanos o los gobiernos cuiden de los desvalidos. 

Vale, quizá no debería haber escrito esto. La novela se estructura en capítulos de distinta naturaleza: unos son simples discursos que su protagonista, Destral, fue colocando en su web en el proceso hasta la creación de su ecoaldea independiente, Cenital, en busca de socios que compartieran su visión de la caída de la sociedad por la crisis económica y el agotamiento del petróleo. Otros capítulos son descripciones de esos compañeros, todos conocidos por sus nicks de internet, y cómo se fueron incorporando al proyecto. Finalmente, se intercala un argumento central, que en rigor apenas ocupa un tercio del relato: un posible ataque exterior para hacerse con los modestos recursos acumulados por el poblacho de Cenital, que nos sirve también para conocer la forma de vida sostenible, pero repleta de limitaciones, que desarrollaron sus miembros. Bueso se arma para todo ello de una documentación amplia que distribuye sin fatigar, y exhibe con inquebrantable convicción. 

Sus personajes protagonistas son sólidos y guardan secretos para el final que les enriquecen aún más en el recuerdo; los secundarios demasiado tremendistas los dosifica para no perder verosimilitud por sus excesos. Y es en particular encomiable que para la resolución guarde una bomba de cinismo que aleje cualquier tentación de señalar su discurso como maniqueo, cuando es sobre todo misántropo, nihilista. Debo reconocer que una y otra vez, como lector, se me planteaba la comparación de Cenital con la mejor novela sobre el fin del mundo jamás publicada: La carretera, de Cormac McCarthy. No cometeré el exceso de poner a Bueso a la altura de un libro que, posiblemente, sea el más relevante que se ha publicado en lo que va de siglo en cualquier género literario. Sin embargo, me gustaría señalar que los aciertos principales de McCarthy —a sugerencia, la incertidumbre, el intimismo— son cualidades que han sido deliberadamente desdeñadas en la elaboración de Cenital, convirtiendo su redacción en un tour de force con dificultades adicionales. Cenital es un documento en el que, cosa infrecuente en la ciencia ficción, todo está explicado, y en el que por tanto no conseguimos la magia de McCarthy de temer visceralmente por los personajes, sino que lo hacemos sobre todo por nosotros mismos como eventuales protagonistas de los mismos acontecimientos. 



Tal vez las dos novelas se desarrollen en el mismo mundo, en distintos lugares y momentos; pero McCarthy buscó —y obtuvo— sobre todo un efecto literario gracias a un escenario, mientras que Bueso se arriesga a resultar menos sofisticado al ser más explícito, y alcanza con ello un objetivo totalmente distinto. El problema ante una novela tan demoledora como Cenital es que resulta tentador recibirla con una risita nerviosa y apartarla de la vista con el gesto que reservamos a los orates. 

Es insensato pensar que la literatura prospectiva puede tener una función profética; pero sí forma parte de su naturaleza, en el caso de sus obras más trascendentes y socialmente pertinentes, el carácter admonitorio, que estaba en el trasfondo de 1984 o Todos sobre Zanzíbar como lo está en el de Cenital. Si lo que aquí va a leer le resulta exagerado, envíese un email a su yo de 2007 con un pequeño informe de la situación en las últimos semanas. A lo mejor, desde esa perspectiva, ya hemos recorrido una cuarta parte del camino, tranquilamente. Y para evitar los accidentes, nada mejor que tener una visión clara de las posibles rutas que aguardan por delante, ya que los medios de comunicación y los políticos se empeñan en cambiar la señalización a cada soplo de viento de los auténticos poderes.


Crítica por: Julián Díez / Latormentaenunvaso

jueves, 18 de octubre de 2012

Verdades Verdaderas


Que un joven realizador elija para su ópera prima un tema anclado en el contexto de la última dictadura militar en Argentina; adopte el poco frecuente formato biográfico (biopic) y además situado sobre el eje de un personaje no fallecido, crea una serie de prejuicios respecto de la forma de abordaje. Porque acecha siempre el riesgo de caer en defectos frecuentes del cine nacional reciente, como el acartonamiento y la manipulación. Algo que afortunadamente no ocurre en la asombrosa película de Nicolas Gil Lavedra, quien con sutileza poco frecuente y madurez supera el riesgo de trabajar con una historia dolorosa y delicada.

“Verdades verdaderas...” reconstruye la vida de Estela de Carlotto, desde que era una simple ama de casa, madre y docente en la ciudad de La Plata hasta convertirse en presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo.
Lo hace apelando a una narración clásica, que no enfatiza el costado épico del relato, sino que busca contar una trayectoria paradigmática a partir de los momentos íntimos de una familia de clase media; en particular, de quien en los años setenta era una mujer para nada comprometida con el explosivo clima político de la época, hasta que sufre el secuestro de su hija Laura, de quien se entera que estaba embarazada y dio a luz en cautiverio.

El mérito de la película es alcanzar un tono propio desde lo técnico y artistico, distinguiéndose así del abundante corpus de películas sobre temas semejantes. Para esto cuenta con una sólida narración que va y viene en el tiempo (de los setenta al 2009), con un excelente trabajo de ambientación y maquillaje, para la reconstrucción de época. La dirección cuida en lo posible que lo que ya se mostró sobre el tema, el espectador no lo tenga que volver a ver, resignificando las cosas sin repetir, buscando originalidad en la manera de contar, lo que hace de modo clásico, con necesarios quiebres de la linealidad por los saltos temporales que le dan ritmo a la crónica de una tragedia familiar y de cientos de familias argentinas de esa época.

El tono de la película es emotivo y dramático, sustentado en un guión equilibrado para seguir tanto los largos momentos de calvario y lucha, como los fugaces momentos de felicidad hogareña y las pequeñas alegrías que fortalecen el alma para seguir adelante.


 Un dignísimo homenaje desde el buen cine y que (a su vez) permite a Susú Pecoraro demostrar que es una de las mejores actrices de su generación.


Párrafo aparte para las estupendas actuaciones, donde Susú Pecoraro inmejorablemente le pone el cuerpo y el corazón al personaje de Estela, acompañada por un elenco memorable de grandes actores, donde se destaca Alejandro Awada, conmovedor en el rol del marido, y la sólida Inés Efron, como Laura, la hija.

Enfocar la historia de Estela de Carlotto básicamente como una historia de amor y esperanza es uno de los mayores méritos de la película, que trabaja en una cuerda sensible pero sin excederse en sentimentalismos. Contenida y moderada, puede achacársele cierta falta de ritmo o lo extemporáneo de los inserts finales, donde aparecen personas reales y no personajes, rompiendo la cohesión cinematográfica del resto. 

Pero más allá de lo que pueda opinarse respecto de estas decisiones narrativas o su poco afortunado título de rima casi infantil, sobran motivos para elogiar esta historia que busca momentos formales muy logrados, acordes con su guion que evoluciona como su protagonista, desde la tragedia personal a la lucha colectiva en un conflicto que va de lo particular hacia lo universal, dejando un emotivo homenaje a las mujeres que se hicieron heroínas sin pretenderlo.

FILMAFFINITY

martes, 11 de septiembre de 2012

Las fuentes del afecto


Aunque Maeve Brennan (Dublin 1917 - Nueva York 1997) fuera hija de embajador y viviera durante casi toda su existencia bajo la protección del glamour neoyorquino, consigue en Las fuentes del afecto que su mirada sobre los aspectos más sórdidos de su país y, también, sobre los rincones más tenebrosos —y, por otro lado, frecuentes— de la naturaleza humana sea absolutamente creíble. Además logra un libro unitario pero no monótono: los relatos que componen este fresco de la vida irlandesa son sin duda parecidos pero resultan complementarios, tanto como lo son las novelas de Faulkner. 

Es decir, Brennan crea un mundo (aunque sin pretensiones de totalidad), habitado por personajes que deben confrontar la vida, eludiendo así la monotonía (uno de los mayores peligros del libro de relatos). Son textos escritos por una voz similar, aunque ni mucho menos idéntica. Son relatos que podrían calificarse como costumbristas y tal vez lo sean pero su costumbrismo es similar al de su compatriota James Joyce, un costumbrismo que logra la universalidad porque sus personajes, aunque no vivan historias insólitas y habiten en la cotidianeidad —muchas veces sórdida, muchas veces sorprendente pero siempre cotidianeidad— son al mismo tiempo complejos y universales y transmiten sentimientos complejos y asumibles como propios por la mayoría de los lectores. Sentimientos, además, mostrados con una sencillez asombrosa, pese a que en muchos casos rocen la atrocidad. 

Así comienza el relato titulado "El ahogado": «Cuando su esposa murió, el señor Derdon estaba ansioso de entrar en el dormitorio de ella, mirar a su alrededor con la puerta cerrada y sin nadie mirándolo ni preguntándole cómo se sentía. No era ansiedad, ni pesar, ni ninguna sensación dolorosa, ni anhelo o añoranza, aquello que le llevaba a la habitación, sino pura curiosidad».

Como parece obvio, la sencillez de la prosa de Brennan no debe confundirse con simplicidad o estupidez. Es la suya una prosa nítida, que no cae en alardes innecesarios y cuya falta de aparente carácter permite que mantenga la frescura durante todo el libro. Es esa habilidad para mirar y encontrar sentido donde muchos no hallarían nada es lo que confiere auténtico carácter, auténtica distinción, a su prosa, lo que la distancia de otros cientos de historias irlandesas. Podría denominarse una mezcla de precisión y de humanidad. Y de falta de consideración con las convenciones sociales, con aquello que damos por hecho. Por otro lado, no es un libro protagonizado por la expresividad, ni por las descripciones pero cuenta con un excelente correlato objetivo: contemplamos con nitidez absoluta la ciudad, ese Dublín inhóspito, gris y lluvioso, lleno de polvo y vejez, muy similar al de Joyce.

No solo la inmarcesibilidad de los sentimientos concede actualidad a este libro: En estos relatos la precariedad posee una carga más que considerable. Una precariedad europea, próxima, pese al transcurso de las décadas, a la que sufren millones de españoles.

Crítica por: Recaredo Veredas / Latormentaenunvaso

sábado, 25 de agosto de 2012

Un mundo "feliz"

En este libro visionario escrito en 1932 por Aldous Huxley, imagina una sociedad que utilizaría la genética y el clonaje para el condicionamiento y el control de los individuos.

En esta sociedad futurista, todos los niños son concebidos en probetas. Ellos son genéticamente condicionados para pertenecer a una de las 5 categorías de población. De la más inteligente a la más esúpida: los Alpha (la élite), los Betas (los ejecutantes), los Gammas (los empleados subalternos), losDeltas y los Epsilones (destinados a duros trabajos).

"Un mundo feliz" describe también lo que seria una dictadura perfecta que tendría la apariencia de una democracia, una cárcel sin muros en el cual los prisioneros no sonarían en evadirse. Un sistema de esclavitud donde, gracias al sistema de consumo y el entretenimiento, los esclavos viven en una "jaula de oro"...

En uno de los diálogos del libro entre el Administrador general y uno de los raros disidentes, Huxley había imaginado perfectamente los principios del control social moderno...

"- La población optima esta sobre un modelo de Iceberg: ocho de nueve partes debajo de la línea de flotación, y una de nueve partes por encima.

- Y ellos son felices, debajo de la línea de flotación? En detrimento de este horrible trabajo ?

- Ellos no lo encuentran como tal, ellos. Al contrario, les gusta. Es ligero, y es de una simplicidad infantil.

Sin esfuerzo excesivo ni de espíritu ni muscular. Siete horas y media de un trabajo ligero, nada cansador, y enseguida la ración de soma (antidepresivo ficticio), deportes, copulación sin restricción, y el Cine Sentido (manipulado).

Que más podrían ellos pedir ?"

"- El mundo es estable actualmente. Las personas son felices; ellos obtienen lo que ellas quieren, y ellas no quieren jamás lo que no pueden obtener. (...) Ellas están condicionadas de tal manera que, prácticamente, ellas solo pueden portarse como se debe. Y si por casualidad algo no van bien, tenemos el soma.

Tenemos que escoger entre la felicidad y lo que llamábamos antes el gran arte. Hemos sacrificado el gran arte. En su lugar tenemos el Cine Sentido y el órgano de perfumes..

- Pero no tienen ningún sentido !

- Ellos representan para el espectador un montón de sensaciones agradables. (...) Esto exige la habilidad más grande. Fabricamos coches





"- No es solo el arte que es incompatible con la estabilidad. Hay también la ciencia. La verdad es una amenaza, y la ciencia es un peligro publico. Estamos obligados de tenerla cuidadosamente encadenada y amordazada. (...) Ella nos ha dado el equilibrio el más estable de la historia. Pero no podemos permitir a la ciencia deshacer lo que ella ha acometido. He aquí por que limitamos con tantos cuidados el campo de sus investigaciones. Le permitimos de ocuparse solo de los problemas los más inmediatos del momento. Todas las demás investigaciones son cuidadosamente desmotivadas
."


Aldous Huxley, "Un Mundo Feliz"
Pero claro, esto es "sólo" una novela de ciencia-ficción.


jueves, 23 de agosto de 2012

España levanta el puño

España levanta el puño. Palabras al borde del abismo
Pablo Suero
Edición de Víctor Fernández e introducción de Andrés Soria Olmedo. Barcelona: Papel de liar, 2009



El periodista Pablo Suero le pide a Indalecio Prietosu pronóstico para las inminentes elecciones, las de febrero de 1936. Y el socialista, con una franqueza desusada por los políticos, responde: “No quisiera desacreditarme como profeta. No sé. […] Yo no estoy en contacto con la gente, sino que me relaciono con muy pocas personas, y esas, afectas a mi ideología. Me falta la sensación que se percibe en la calle, ese algo indefinible que le permite a uno orientarse y vaticinar”. Precisamente para auscultar el sordo rumor de la calle había viajado a España el periodista Pablo Suero, para auscultarlo y transcribirlo en las crónicas que envió al diario bonaerense Noticias gráficas.
El periodista entra en el ágora de los madrileños, —el Lyon, el Acuárium, el Negresco, La Granja del Henar, los cafés para la cafeinomanía a peseta y veinticinco céntimos y la tertulia de los infatigables arbitristas—; describe las boinas inclinadas, los impermeables multicolores y las katiuskas de las muchachas que estudian Filosofía y Letras, las mantillas negras que pasean por las calles aristocráticas de Serrano y Salamanca, y también a los desarrapados de los barrios proletarios; se topa con la marquesa preocupada por tutelar el voto de su criada; camina por las aceras tintadas con la sangre de los vendedores de periódicos de izquierda y de derechas; acude a los actos de propaganda electoral, todavía en el tiempo en que la fuerza de un partido se podía calibrar contando el número de convocados por la oratoria mitinera de su líder; se hace eco de lo que todo el mundo sabe, que la Falange contrata a pistoleros a sueldo; hace notar que el acuartelamiento jesuítico de Herrera Oria ha inspirado la inmensa sábana de papel desplegada por la CEDA en la Puerta del Sol, donde Gil Robles se ofrece como nuevo mesías; en realidad, escucha por doquier el insulto soez que chillan los carteles que forran la ciudad reclamando el voto y agitando las conciencias; lee los periódicos y, en ellos, las palabras convertidas en clichés.
Este “cuadro de síntomas” que las crónicas de Pablo Suero van dibujando se completa con las entrevistas a escritores y políticos. Ratifican y amplían el descubrimiento que hizo ruando: “El viejo mundo oscila entre Moscú y Roma”. Unos alzan el puño bien apretado en escrupulosa obediencia a la ortodoxia comunista y los otros, extienden la palma de la mano, perfecto apéndice del brazo que adopta la exactitud de la trigonometría fascista del ángulo de 40°. Son pocos los que se mantienen apartados de las disciplinas gregarias y menos aún los que conservan la fe en los “regímenes de sustancia liberal y democrática”. Jiménez de Asúa invita al periodista a sentarse en su último capricho, una sillería isabelina, y acomodado sobre la rancia tapicería le escucha decir: “Creo que la democracia ya no tiene función. […] Fue un error volver a consultar a la masa después de la instauración de la República. Debieran haberse dejado pasar doce años por lo menos…”. José Antonio Primo de Rivera proclama: “Falange Española quiere un orden nuevo. Para implantarlo, en pugna con las resistencias del orden vigente, aspira a la revolución nacional. Su estilo preferirá lo directo, ardiente y combativo”. Y Largo Caballero sonríe antes de afirmar secamente que aguarda la coyuntura propicia para la revolución social: “Una guerra, una debacle económica que no está lejos”. La peste de esa fe que toma por “sano, alegre, hermoso y lícito el ejercicio de la violencia”, escribe Suero, se ha contagiado; ningún cordón sanitario ha obstado el triunfo de la literatura de la brutalidad. Paulino Masip le cuenta al periodista que, mientras, Manuel Azaña bien puede andar enfrascado en disquisiciones bizantinas, literalmente, porque ya en otros días de desazón para la República lo había sorprendido en su gabinete reconcentrado en la lectura de una historia de Bizancio.
Las piezas periodísticas de Pablo Suero fueron recogidas en el libro España levanta el puño, publicado en Argentina en 1937. Para entonces, no era preciso afinar el oído para captar los velados murmullos con los que se expresa un tiempo: atronaba la elocuencia de las balas, la retórica de la guerra se veía satisfecha al contemplar consumados los designios de la muerte y el enojoso rodeo de ejecutar el asesinato en carnes vicarias había sido abolido. El periodista evoca la tarde del 16 de febrero de 1936 en la redacción del diario La Voz, donde aguardó con ansiedad los resultados electorales. Y se pregunta si en aquella velada alguien, entre todos los reunidos, intuyó lo que estaba por venir: “No. Ni Paulino Masip ni Bagaría ni [Paco] Madrid ni yo esperábamos ver a España sacudida por tan hondo desgarramiento, aun cuando la intransigencia feroz de la extrema derecha nos hiciera esperar días sombríos”. Suero no oculta la estupefacción por tal ceguera, más cuando en la relectura de sus propias crónicas encuentra inequívocos augurios. En efecto, su propia mano colocó todas las piezas y podemos ver la estampa que ofrece el puzle perfectamente ensamblado. Pero tal capacidad nos es dada hoy, cuando sabemos que hubo un 18 de julio. Quizá convenga la resignación y admitir que el periodismo, incluso el mejor, es así: escéptico consigo mismo, con sus facultades y con la potencia metafórica de las anécdotas que cosen sus crónicas, definitivamente inútil para ofrecer orientación en el tráfago del presente e inepto profeta para sus coetáneos. Acaso el periodismo esté destinado a encontrar a sus más competentes lectores en los ácaros del polvo que lo asedian en las hemerotecas, para los que vaticina con fiel exactitud un pretérito imperfecto.

Isabel Gómez Rivas (Jot Down Magazine)

jueves, 21 de junio de 2012

Los Hemingway, una familia singular

Los Hemingway, una familia singular es la historia de tres generaciones llenas de éxitos, contradicciones, tormentos, tensiones y tragedias contada por el nieto del gran escritor, John Hemingway, que entre otros asuntos vuelve a plantear la duda de si Ernest Hemingway era gay o, al menos, de sexualidad ambigua.

John Hemingway es hijo de Gregory y nieto de Ernest Hemingway. La relación entre padre e hijo nunca fue sencilla, ya que Greg era un maníaco-depresivo al que le encantaba trasvertirse llegando, incluso, a operarse para cambiar de sexo. John le culparía del suicidio de su abuelo, sin tener en cuenta su alcoholismo, sus problemas de salud o su propio trauma familiar. Junto a la esquizofrenia de su madre, el caos familiar afectó a aquel niño que ahora, ya adulto, analiza detalladamente qué llevó a su entorno a esos derroteros de genio, locura y drama.

Uno de los aspectos que más ha sorprendido en Los Hemingway, una familia singular ha sido lo referente a la ambigua sexualidad tanto de Ernest Hemingway como de su hijo Greg, padre del autor del libro. Mi padre quería convertirse en mujer, dice John Hemingway. El hipermasculino Ernest supo del travestismo de su hijo cuando lo descubrió poniéndose unas medias de su madre, según cuenta John en este libro. 

Mi abuelo no dijo nada, pero mi padre se dio cuenta de que Ernest estaba horrorizado. Su rostro tenía una expresión… de tal horror, que solo unas semanas después le dijo a su hijo: tú y yo procedemos de una extraña tribu. Pero Greg era así. No era gay, pero sí ambiguo y se operó para cambiarse de sexo; compartió su vida con sus esposas y gustaba a las mujeres como estas le gustaban a él, expresaba las dos mitades de su personalidad, ambas igual de esenciales para su carácter. A John le explicó que vestirse de mujer lo ayudaba a gestionar el estrés (…) hacía que se sintiera mejor, lo relajaba. Me dijo que así eran las cosas cuando sufrías psicosis maníaco-depresivas.

La historia de John Hemingway permite observar desde otra perspectiva el trabajo de su abuelo, icono literario por excelencia, cuyas sombras continúan cerniéndose sobre las complicadas vidas de sus descendientes.

John Hemingway (1960) es escritor, periodista y traductor. Nieto del premio Nobel Ernest Hemingway e hijo de Gregory Hemingway, a lo largo de su carrera profesional ha residido en Italia, donde trabajó impartiendo clases de inglés y como traductor comercial para diseñadores de moda. En el año 2002 colaboró en la organización de una exposición en Milán sobre la figura de su abuelo, dando posteriormente diversas charlas sobre la obra de Ernest. Vive con sus dos hijos, Michael y Jacqueline, en Montreal.

Fuente: Estandarte

jueves, 14 de junio de 2012

Maus: El holocausto "orwelliano"

Maus es la historia de un superviviente de Auschwitz, Vladek Spiegelman narrada a su hijo Art, el autor del libro. Pero además, en Maus el autor también realiza un retrato de su padre en la actualidad (en el momento en que se entrevista con él para que le relate sus recuerdos de la guerra) así como de su difícil y tensa relación con él.

 Maus, va más allá del Holocausto para instalarse en la psicología del superviviente en un intento de deshacer la maraña de su relación paterno-filial, de la sombra deuna madre suicida y del fantasma de un hermano santificado al que nunca conoció. Hay que mencionar que en Maus los personajes se nos muestran con rasgos faciales de animales, característica que se usa con fines narrativos; así, por ejemplo, los judíos son presentados ratones, mientras que los nazis como gatos.

 Escrita y dibujada por Art Spiegelman, Maus está considerado unánimemente por la crítica como uno de los mejores cómics de la historia. Además, se trata de uno de los escasos cómics que no sólo trascendido al gran público sino que lo hizo con un reconocimiento notable: recibió uno de los prestigiosos Premios Pulitzer en 1992.

Fuente: Guía del cómic.

domingo, 4 de marzo de 2012

Los nombres (Don DeLillo)

Existe una cierta tendencia casi natural por la que cuando admiras a un gran artista igualas en interés todo lo que realiza, y te cuesta admitir que incluso un grande puede producir un buen puñado de obras menores, fracasadas o, simplemente, mediocres. No obstante, ante la evidencia, hasta el fan más pertinaz tiene que rendirse. Un ejemplo elocuente sería Woody Allen: dudo que ningún director del mundo haya realizado en los últimos treinta o cuarenta años tantas y tan buenas películas; no obstante, sería de necios no reconocer que Vicky Cristina Barcelona o Midnight in París no resisten ni de lejos la comparación con Manhattan, Otra mujer o Desmontando a Harry.

Los nombres no puede situarse al mismo nivel que las obras cumbres de su autor. Don DeLillo es, indiscutiblemente, uno de los más grandes del panorama literario mundial y tiene unas cuantas novelas de calidad estratosférica. La más popular y accesible, sin duda, es Ruido de fondo, una comedia familiar negrísima y una sátira implacable de la sociedad de consumo. Pero también habría que destacar la monumental Submundo, que recorre la historia norteamericana desde los años cincuenta a la caída del Muro y el fin de la Guerra Fría, mezclando personajes reales -Frank Sinatra, el cómico Lenny Bruce o el sibilino director del FBI Hoover- y otros ficticios, como una artista conceptual empeñada a convertir los bombarderos atómicos B-52 en obras de arte, un directivo de una firma de reciclaje de basuras con un oscuro pasado o un psicópata que asesina a familias en las carreteras de Texas. Libra, una novela política y social mayúscula que convierte la paranoia en técnica literaria y al asesino de Kennedy, Lee Harvey Oswald, en un fenomenal personaje literario.  

Mao II, mi favorita, un electrizante estudio acerca de la fricción entre el individuo –representado por un escritor- y los colectivos que tratan de anularlo, de convertirlo en un integrante anónimo de una masa sometida a un ideal superior, “programado” como los terroristas y los fanáticos religiosos que llenan sus páginas. O la más reciente, Punto Omega, que ofrece una certera y terrible imagen de la oscura época que vive su país, un imperio enfrentado a su declive interior y a una guerra interminable, a partir de tres únicos personajes que apenas hacen otra cosa que charlar al borde del desierto. Todas ellas son magníficas y han ejercido una tremenda influencia sobre la narrativa norteamericana más reciente, de Foster Wallace a Bret Easton Ellis, George Saunders, Jonathan Franzen y Jennifer Egan.



Los nombres, recuperada por Seix Barral, es una obra de principios de los ochenta, previa a todas las novelas citadas, en la que el característico estilo de DeLillo –cerebral, envolvente, gélido- aún se está configurando. Ambientada en la década anterior, nos presenta una curiosa mezcla de thriller y novela de ideas protagonizada por James Axton, un analista de riesgo de una multinacional asentado en Grecia y dedicado a estudiar los conflictos de una época convulsa –terrorismo, crisis del petróleo, revolución islámica-, por lo que la acción se traslada por distintos puntos del Mediterráneo y Oriente Medio.

No obstante, los elementos de “suspense” que sirven de hilo conductor –una secta que realiza unos extraños asesinos rituales, unos cuantos personajes que no son lo que parecen- se hallan diluidos entre un montón de pasajes descriptivos acerca de los escenarios griegos y orientales, un sinfín de observaciones sociológicas y una serie de conversaciones interminables en la que todos los participantes son extraordinariamente inteligentes y brillantes, incluso el hijo de nueve años del narrador. DeLillo comete el error de tratar mostrarse elevado, “visionario”, sin interrupción, lo que le lleva a mezclar apuntes geniales (Norteamérica es el mito vivo de este mundo. No existe sentido alguno de culpa cuando matas a un norteamericano o cuando echas la culpa a Estados Unidos de quién sabe qué calamidad local.) con una ingente cantidad de cháchara seudofilosófica.

Los nombres es una novela en la que un arqueólogo, sin venir a cuento, comenta para un escritor, la locura es la destilación última de sí mismo, una versión final, por lo que resulta casi imposible recomendarla. En resumen, lean a DeLillo. Lean Submundo, Ruido de Fondo, Mao II, Libra. Merece muchísimo la pena. Pero no empiecen por aquí.

viernes, 17 de febrero de 2012

El montaplatos

El 17 de marzo de 1966 el grupo “Nuevo teatro experimental” estrenó en el Ateneo madrileño dos piezas cortas de Harold Pinter: El amante y El montaplatos. Daniel Böhr fue el director del doble montaje que, en mayo de ese mismo año, se exhibió comercialmente en el teatro Infanta Beatriz con el paraguas del Teatro Nacional de Cámara y Ensayo.  Cuarenta y seis años después Andrés Lima dirige la segunda de las piezas – El montaplatos- en las Naves del Español.
 

No tengo ninguna afición por el teatro de Pinter. Especialmente por Regreso al hogar, una obra que aborrezco. Así que mi interés para ir al Matadero era ver cómo Lima pone en pie uno de los textos menos representados en España de este premio Nobel. Por cierto que, hace tres meses, Tamzin Townsend lo dirigió en LaGrada.

Dos hombres –dos sicarios- esperan encerrados en un sótano asfixiante una llamada que anunciará un nuevo asesinato. En la tensa espera ambos dan rienda suelta a sus nervios con una serie de situaciones absurdas, patéticas y hasta humorísticas. Llega la llamada y aparece la víctima. Hasta aquí se puede contar.

Lima ha conseguido realizar un brillante ejercicio teatral que comienza en el momento que los espectadores ocupan el enorme hueco negro donde se va a desarrollar la representación. El público es un ente fantasmagórico que acecha en la sombra a los dos asesinos. Entre las dos gradas, un par de camastros, dos puertas y el montaplatos del título. Y dos actores: Alberto San Juan y Guillermo Toledo. Ambos en estado de gracia interpretativa. Lo suyo es pura coreografía.
Tras un preámbulo estático, los personajes se van acelerando en un ejercicio que desemboca en el frenesí cuando el montaplatos entra en acción. Transitan entre la camaradería, la mezquindad, la desconfianza, la duda… Pero no entre el arrepentimiento. Solamente Gus, el más extrovertido de los dos, muestra algún signo de remordimiento por lo que hacen.

San Juan y Toledo están constantemente lanzándose a la yugular. Y cuando se relajan es para preparar el siguiente asalto. Un trabajo extenuante que mantiene clavado en la butaca al espectador.
Teatro absurdo, teatro esperpéntico, disparatado que nos remite a Beckett e, incluso, a Arrabal, nacido dos años más tarde que Pinter. Resumiendo: a pesar de Pinter, el espectáculo me resultó sumamente interesante.

Antonio Castro (madridiario.es)