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miércoles, 16 de julio de 2014
lunes, 7 de julio de 2014
David Torres cerrará las XVI Jornadas Literarias
Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid,
ganó su primer primer premio en 1999 (con Nanga
Parbat) tras publicar diversos relatos y poemas en las revistas Cartographica, Poeta de Cabra y Ariadna.
La novela se convertiría en el título más traducido de Ediciones Desnivel,
contando con versiones en francés, polaco e italiano.
Al año siguiente y en la misma editorial sale Los huesos de Mallory, escrita
en colaboración con Rafael Conde, apasionante biografía del escalador
desaparecido junto con el británico Andrew Irvine en el intento al Everest de 1924, que fue muy bien recibido por
la crítica.
La novela El mar en
ruinas (2005) donde revisita
el mito homérico de Odiseo, cosechó
algunos encendidos elogios —"Una de las pocas novelas que han logrado
arrebatarme el sueño" (Luis Alberto de Cuenca, ABC);
"una vigorosa novela que prosigue, con conocimiento fiel de la tradición
pero también con imaginativa rebeldía e innovación, la inacabable peripecia del
héroe homérico" (Fernando Savater, El País)—,
los cuales, sin embargo, no fueron unánimes. Así, Ángel Basanta, de El Cultural,
escribió que "la estrategia narrativa no acaba de completarse de forma
convincente"; para este crítico, "lo mejor de la novela está en su
tono y estilo por su acertada combinación de gravedad, humor y
desmitificación".
Robando tiempo a la muerte (2006), libro escrito junto a Sebastián Álvaro, director de Al filo de lo imposible, pretendía,
según sus autores, "analizar, desde la perspectiva de una dilatada
experiencia de más de dos décadas, los motivos y razones que nos lanzaron a
abrazar esta actividad (de aventureros profesionales) intentando transmitir, a
través de más de 100 aventuras en todo el planeta, los intensos sentimientos
que nos provoca".
La sangre y el ámbar, publicado el mismo año, narra un viaje a Polonia
realizado con el pretexto de entrevistar a Stanislaw Lem y que se convierte en un periplo por
el país de los grandes acontecimientos históricos y las grandes barbaries.
Además de novelas y libros de viaje, Torres ha
publicado recopilaciones de relatos, como Donde
no irán los navegantes (1999)
o Cuidado con el perro (2002) e incluso un poemario, Londres (2003).
De la novela Punto
de fisión (2011), el citado
Basanta ha desatacado "la riqueza semántica encerrada en sus múltiples
aspectos temáticos, la variedad de asuntos entrelazados en su laberinto de
historias, y la diversidad y versatilidad de modelos narrativos empleados".2
En 2004 se convirtió en columnista de El Mundo y
desde julio de 2012 tiene el blog de opinión Punto
de Fisión en el diario Público.3
Ha trabajado como guionista del programa de
televisión de TVE-2 Al filo de lo imposible y como colaborador habitual de las
revistas literarias Ariadna, Anónima y La
Bolsa de Pipas.
Sus obras han recibido diversos premios, entre los
que destaca el Hammett,
y han sido traducidas a varios idiomas.
Reside en Madrid y es profesor del centro de
estudios literarios Hotel Kafka.
jueves, 3 de julio de 2014
La Negra: Confirmación musical para las XVI Jornadas Literarias
El envolvente sonido de la ecléctica Amparo Velasco "La Negra" desembarcará en Villanueva de los Infantes, el próximo 26 de Julio en el patio de La Alhóndiga con motivo de las XVI Jornadas Literarias "Nuevos Cauces de la Literatura y el Arte".
La Asociación Luciérnaga, apuesta de nuevo este año en su ya habitual velada musical, por el denominado World music, tras el éxito de Zoobazar en el 2012.
Amparo Velasco es La Negra, una artista nacida y criada en Alicante. Vivió su adolescencia en América, viajando por Brasil, México y el resto de Norteamérica.
Una especie de viaje iniciático que sin duda marcaría su futuro sonido.
Ya en su primer disco, "La Negra" (2006, Casa Limón), se alió con Javier Limón (Paco de Lucia, Bebo y Cigala, Concha Buika, Montse Cortes….) para vertebrar un sutil y elegante tratado de flamenco. Dejándose contaminar por el jazz, el tango e incluso la música brasileña, este debut sorprendió por su inusitada calidez y desparpajo soul.
En él brillaba con luz propia una voz rota y personal que sobresalía en el panorama nacional. Un primer asalto musical con el que comenzaba la revolución tranquila de La Negra.
2011 es el año en el que vuelve al estudio de grabación para armar su segundo disco. Esta vez se deja acompañar por Juan Fernández "El Panky", asumiendo las tareas de productor, compositor y guitarrista. También se une Fernando Vacas, del sello Eureka, como co-productor y compositor. Los tres juntos crean La que nunca (2012, El Volcán Música). Un álbum con el que revientan el sonido gitano de La Negra. Un pop fusión que deconstruye géneros como el flamenco, el jazz o la psicodelia consiguiendo sonar sofisticado y rabiosamente contemporáneo. Así lo demuestra el primer single de adelanto, "La que nunca", con una producción orgánica y accesible que evita lugares comunes y dónde sobresalen unas adictivas cuerdas que arropan la voz de La Negra.
La heterogeneidad sonora que domina las 13 canciones que componen el álbum sirve de perfecto colchón sonoro para unas cuidadas letras. A través de ellas, La Negra nos narra en primera persona la historia de Yukele. Un personaje ficticio, sin género, abstracto, simbólico y universal, que emprende un viaje desde el sur hasta el primer mundo. Un final agridulce le espera al descubrir que lo que ve allí no era lo deseado, llegando a la conclusión que la mejor solución es volver a sus raíces: su única opción para recuperar la felicidad. Uno de los mejores momentos del disco precisamente es la canción Yukele. Una joya de melodía infecciosa en el que colabora Howe Gelb a los teclados y que ha sido mezclada por Renaud Letang, productor de artistas como Manu Chao, Feist, Jane Birkin o Amadou & Marian. Otros grandes momentos del disco son el original tratamiento de La costurera, con ese sampler de una fuente que ofrece una de las claves para entender el sonido acuático del álbum, fluyendo como un manantial.
A veces la voz y el propio cuerpo de los músicos son utilizados como un instrumento, como en la imaginativa Celos. O en el caso de Gallina en medio del llano, un instrumental que acerca a La Negra al estilo de la Fela Kuti más visceral. En este álbum la voz de la Negra está tratada de un modo versátil acercándola a territorios poco transitados para ella como la chanson francesa en la sorprendente versión de Black Trombone de Serge Gainsbourg.
En La que nunca han colaborado el ya citado Howe Gelb con su aportación a los teclados, el contrabajo de Thoger T. Lund, Lin Cortés, Kilema, los arreglos de cuerda de Isabel Vida y Fernanda Carmona y una selección de músicos de la costa de Marfil y africanos que han aportado un sonido poliédrico y fascinante.
La que nunca fue grabado durante un año en los estudios Eureka en Córdoba y ha sido masterizado en Black Salloon por Manday Parnell.
La Asociación Luciérnaga, apuesta de nuevo este año en su ya habitual velada musical, por el denominado World music, tras el éxito de Zoobazar en el 2012.
Amparo Velasco es La Negra, una artista nacida y criada en Alicante. Vivió su adolescencia en América, viajando por Brasil, México y el resto de Norteamérica.
Una especie de viaje iniciático que sin duda marcaría su futuro sonido.
Ya en su primer disco, "La Negra" (2006, Casa Limón), se alió con Javier Limón (Paco de Lucia, Bebo y Cigala, Concha Buika, Montse Cortes….) para vertebrar un sutil y elegante tratado de flamenco. Dejándose contaminar por el jazz, el tango e incluso la música brasileña, este debut sorprendió por su inusitada calidez y desparpajo soul.
En él brillaba con luz propia una voz rota y personal que sobresalía en el panorama nacional. Un primer asalto musical con el que comenzaba la revolución tranquila de La Negra.
2011 es el año en el que vuelve al estudio de grabación para armar su segundo disco. Esta vez se deja acompañar por Juan Fernández "El Panky", asumiendo las tareas de productor, compositor y guitarrista. También se une Fernando Vacas, del sello Eureka, como co-productor y compositor. Los tres juntos crean La que nunca (2012, El Volcán Música). Un álbum con el que revientan el sonido gitano de La Negra. Un pop fusión que deconstruye géneros como el flamenco, el jazz o la psicodelia consiguiendo sonar sofisticado y rabiosamente contemporáneo. Así lo demuestra el primer single de adelanto, "La que nunca", con una producción orgánica y accesible que evita lugares comunes y dónde sobresalen unas adictivas cuerdas que arropan la voz de La Negra.
La heterogeneidad sonora que domina las 13 canciones que componen el álbum sirve de perfecto colchón sonoro para unas cuidadas letras. A través de ellas, La Negra nos narra en primera persona la historia de Yukele. Un personaje ficticio, sin género, abstracto, simbólico y universal, que emprende un viaje desde el sur hasta el primer mundo. Un final agridulce le espera al descubrir que lo que ve allí no era lo deseado, llegando a la conclusión que la mejor solución es volver a sus raíces: su única opción para recuperar la felicidad. Uno de los mejores momentos del disco precisamente es la canción Yukele. Una joya de melodía infecciosa en el que colabora Howe Gelb a los teclados y que ha sido mezclada por Renaud Letang, productor de artistas como Manu Chao, Feist, Jane Birkin o Amadou & Marian. Otros grandes momentos del disco son el original tratamiento de La costurera, con ese sampler de una fuente que ofrece una de las claves para entender el sonido acuático del álbum, fluyendo como un manantial.
A veces la voz y el propio cuerpo de los músicos son utilizados como un instrumento, como en la imaginativa Celos. O en el caso de Gallina en medio del llano, un instrumental que acerca a La Negra al estilo de la Fela Kuti más visceral. En este álbum la voz de la Negra está tratada de un modo versátil acercándola a territorios poco transitados para ella como la chanson francesa en la sorprendente versión de Black Trombone de Serge Gainsbourg.
En La que nunca han colaborado el ya citado Howe Gelb con su aportación a los teclados, el contrabajo de Thoger T. Lund, Lin Cortés, Kilema, los arreglos de cuerda de Isabel Vida y Fernanda Carmona y una selección de músicos de la costa de Marfil y africanos que han aportado un sonido poliédrico y fascinante.
La que nunca fue grabado durante un año en los estudios Eureka en Córdoba y ha sido masterizado en Black Salloon por Manday Parnell.
miércoles, 2 de julio de 2014
El Rayo llega a Villanueva de los Infantes
El aclamado documental dirigido por el cozareño Ernesto de Nova y el gallego Fran Aráujo será exhibido en las XVI Jornadas Literarias, después de la proyección, Ernesto de Nova tandrá un encuentro con los asistentes para hablarnos sobre el proceso del rodaje.
SINOPSIS: La odisea de Hassan, un inmigrante marroquí que, después de trece años en España, ya no encuentra trabajo y decide volver a casa. Invierte todos sus ahorros en un tractor de segunda mano para ganarse la vida en Marruecos y decide llevárselo conduciendo hasta allí. Cuando llegó a España no tenía nada, ahora regresa con su única posesión: el Rayo.
NOTA DE LOS DIRECTORES:
SINOPSIS: La odisea de Hassan, un inmigrante marroquí que, después de trece años en España, ya no encuentra trabajo y decide volver a casa. Invierte todos sus ahorros en un tractor de segunda mano para ganarse la vida en Marruecos y decide llevárselo conduciendo hasta allí. Cuando llegó a España no tenía nada, ahora regresa con su única posesión: el Rayo.
NOTA DE LOS DIRECTORES:
Esta película no está basada en hechos reales, es una historia real. El protagonista no es un actor, es un inmigrante marroquí que llegó a España sin nada y ahora regresa con su única posesión, un tractor.
Cuando conocimos la historia de Hassan nos cautivó, así que decidimos echarnos a la carretera con él y su Massey Fergusson, que apenas alcanza los 30km/h, y poner rumbo a Marruecos. “El Rayo” es el resultado de ese viaje. Una road movie por la España de las carreteras secundarias donde todo lo que sucede tiene una base real y todas las personas que aparecen se interpretan a sí mismas.
Una historia sobre la dignidad que muestra la cara del luchador, del superviviente que supera todos los obstáculos que se le presentan, y que mantiene siempre un tono vitalista durante su particular odisea. ¿Cómo te buscas la vida cuando no tienes nada? Después de vivir en cuatro países y desempeñar innumerables trabajos, Hassan ha desarrollado cientos de estrategias para salir adelante de las situaciones más complicadas. Nada ni nadie pueden interponerse en su deseo de llegar a casa.
El gran reto desde la dirección radicaba en compaginar el rigor formal y fotográfico con la libertad de un rodaje en carretera, con personajes reales y un alto grado de improvisación. Queríamos abrir la puerta a todos los eventos que surgieran en el camino sin perder nunca de vista la historia que estábamos contando y, sobre todo, a su protagonista. Quizá ése fue el mayor compromiso para nosotros, ser fieles a la persona de Hassan en su representación cinematográfica.
Desde el primer día la película se convirtió en una gran negociación entre el azar y las necesidades, la realidad y la ficción, nosotros, él y las circunstancias de este particular rodaje. Por momentos fue muy duro y por momentos maravilloso. Sufrimos los obstáculos del viaje en nuestras propias carnes y el temor de no llegar a puerto en varias ocasiones. Una experiencia que esperamos se transmita de alguna manera en los fotogramas que componen la película.
Todas las personas que aparecen en ella nos abrieron las puertas de sus casas, de sus trabajos y de su realidad cotidiana durante unas horas. Les estamos profundamente agradecidos por ello.
![]() |
Fran Aráujo y Ernesto de Nova |
Para nosotros, tanto Hassan como el equipo humano que se embarcó en este particular viaje han sido un enorme regalo. Contar con todos ellos, como individuos y como colectivo, ha sido la mejor decisión de todas las que hemos tomado como directores en esta película.
martes, 1 de julio de 2014
Luciérnaga desvela sus dos primeros nombres para las XVI Jornadas Literarias
El artista Miguel Navarro expondrá en La Alhóndiga su serie pictórica "Mar del Norte" con motivo de las XVI Jornadas Literarias que se celebrarán desde el 23 al 27 de Julio.
Miguel Navarro (Valdepeñas, 1935) se hizo artista y librepensador en Bélgica y sólo el azar le devolvió a La Mancha. Ha sido y es uno de nuestros más reputados pintores.
En 1950, siendo un adolescente, se trasladó a vivir con su familia a Ciudad Real. Seis años después, cuando hacía el servicio militar en la localidad madrileña de Leganés, consiguió gracias al capitán médico autorización para ir a Madrid a ser copista en el Museo del Prado. En aquella época los que no habían finalizado Bellas Artes precisaban un permiso para copiar obras del Prado, permiso que Navarro obtuvo de Manuel López Villaseñor, pintor ciudadrealeño que por entonces tenía el estudio en la calle Mayor.
Años más tarde se marchó a París, y, «visto que era insoportable por caro y porque Montmartre ya no era lo que fue», decidió mudarse a Bruselas, mi pequeña patria.
Era el año 1960. Allí se instaló en una buhardilla de 200 metros cuadrados y «es donde me hice pintor y donde me descubrieron y me apoyaron, sobre todo la crítica. Pero cuando estaba levantando el vuelo cometí la 'torpeza' de regresar a España, porque mis padres estaban muy mayores y a mi padre le pilló un tren al cruzar la vía y casi lo mata. Quería estar con ellos. Además, yo estaba convaleciente de un accidente que tuve en Amberes al caerme de un andamio desde una altura de cinco metros que casi me cuesta la vida; estaba pintando el techo de la casa de un coleccionista de arte muy importante y al caer me destrocé el fémur y el humero».
Cuenta emocionado que uno de los mejores consejos que le han dado en la vida se lo dio René Magritte. "Cuando le conocí y le dije que estaba entusiasmado con su obra me contestó: mon petit garçon, no te fijes en mi. Tengo cualidades por mi antiguo oficio de grafista y de creador de imágenes de publicidad y eso impacta, pero como pintor no soy nada extraordinario, así que te recomiendo que si te fijas en alguien hazlo en Rubens o Rembrandt, que esos sí son grandes pintores".
La obra de Navarro está principalmente en Madrid, Ciudad Real, Murcia, Valencia, Castellón, Bilbao, Bélgica y Alemania, pero, como el mismo dice, «algunas de éstas últimas están en paradero desconocido y acabarán perdiéndose».
Miguel Navarro es un espíritu crítico, que habla sin tapujos, lo que le ha granjeado enemistades. Al propio Navarro no le duelen prendas en reconocer que es muy incómodo incluso para él mismo, cuando más para los demás.
FUENTE: La Tribuna de Ciudad Real
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El escritor, poeta, columnista y crítico cultural, Francisco Gómez-Porro, ofrecerá una ponencia (título aún por determinar) el Jueves 24 de Julio en La Alhóndiga.
Francisco Gómez-Porro es un escritor total. Como periodista, ejerció la crítica teatral y cultural en ABC; fue columnista en la edición de Diario 16 de Castilla-La Mancha; redactor jefe de la revista Kilómetro 0 y subdirector de Añil, Cuadernos de Castilla-La Mancha.
Como poeta tiene publicados los siguientes libros: Para el fuego y el olvido (1983), Fragmentos de épica (1988), La canción infinita (1997), La eterna provincia (2001) y El aliento natal (2005)
Ha dedicado varios volúmenes a estudiar e indagar en la literatura de Castilla-La Mancha: Avena Loca. Miradas y noticias de literatura en CLM (Almud ediciones, 1998), un estudio del paisaje castellano-manchego en la literatura y de cómo a través de éste se vislumbra una identidad política que confirma o justifica la razón de ser regional en el marco de la cultura española.
Posteriormente, el Servicio de Publicaciones de la JCCM le encargó la antología A cielo abierto:narradores de Castilla-La Mancha; y unos años después La tierra iluminada: un diccionario literario de CLM, en 2 volúmenes. Y Pajarito sin cola: cuentos y poesía infantil en Castilla-La Mancha.
También es autor del volumen de ensayo La conquista de Madrid. Paletos, provincianos e inmigrantes (2000). Ha prologado y seleccionado los textos del libro de Francisco Umbral Los trabajos y los días reunida (2001) y llevado a cabo la edición de la Poesía reunida (2002) de Eladio Cabañero (Ayuntamiento de Tomelloso), así como otros prólogos e introducciones.
En el río muerto es su primera incursión en el terreno de la narrativa.
FUENTE: ABC
sábado, 14 de septiembre de 2013
Así fueron las XV Jornadas Literarias (Nuevos Cauces de la Literatura y el Arte)
La Jornada inaugural se abrió con la exposición del fotógrafo Vicente López Tofiño, un total de 29 fotografías tratadas químicamente que homenajeaban a grandes artistas como: Van Gogh, Barceló, Botero, Warhol, Dalí, Picasso y Hopper entre otros...
A continuación tuvimos una ponencia a dos manos entre el propio Tofiño y la célebre fotógrafa madrileña Ouka Leele, una ponencia-conversación que nos llevó por todos los caminos inescrutables del mundo de la fotografía, desde los orígenes de este arte instantáneo hasta el difícil trabajo del fotoperiodismo, y la importancia que tiene este soporte actualmente en el mundo del arte, del periodismo y de la denuncia social.
Entre el público tuvimos la suerte de contar con artistas de la movida madrileña como: El Hortelano y Ceesepe y el director de cine Rafael Gordon.
La jornada del Jueves contamos con la novelista y guionista Belén Gopegui, con su ponencia "La novela y la industria de la conciencia".
La conferencia se inició con el antiguo spot publicitario de Nescafé, donde un farero solitario disfrutaba de su soledad y de su café, bajo esta premisa, se desarrolló un intensa y amena ponencia donde se postulaba la necesidad de tener conciencia para ser un colectivo unido sobre la individualidad del ser humano, de como los medios de comunicación apelan a la manipulación de los sentimientos para ser más individualistas y carecer de un pensamiento crítico.
Belén puso varias secuencias de las películas La sal de la tierra y Viva Zapata! para mostrar lo que puede conseguir la fuerza de los movimientos sociales. La ponencia de la escritora creó un interesante debate entre el público asistente como se demostró en el turno de preguntas.
La velada musical del Viernes estaba reservada para el donostiarra Rafael Berrio.
Apareció en un sobrio escenario iluminado con una lámpara de pie, pertrechado con sus gafas de sol, su guitarra, su voz cavernosa, sus letras ácidas e irónicas y una copa de vino, Rafael ofreció un concierto memorable que sorprendió al público asistente, no es de extrañar, en un músico con muchas vivencias a sus espaldas y con un disco: "Diarios" aclamado por crítica y público.
La Jornada del Sábado cambiaba de escenario, el recital poético del santanderino Lorenzo Oliván se desarrolló entre las obras del Museo de Arte Contemporáneo El Mercado.
El Domingo le tocaba clausurar las Jornadas Literarias al polifacético y ¿polémico? Hernán Migoya, guionista de cómics, escritor, articulista y director de cine.
Bajo el título de su ponencia "Escribir en España: El privilegio de soñar", Hernán nos desgranó los vericuetos de la industria cultural española, lo que se esconde detrás de ella, una industria que parece haberse olvidado de los clásicos y de la gente de a pie.
Hernán nos llevó por los entresijos de su polémico libro "Todas putas"donde se le crucificó injustamente, hasta un pueblo perdido de Texas donde conoció a la familia de su adorado escritor de novela negra, Charles Williams, pasando también por su película "Soy un pelele" donde descubrió los chanchullos que se esconden entre la industria cinematográfica española y nos contó la polémica que creó en Perú la entrevista con la hija del presidente Alberto Fujimori.
Y después de dos horas de ponencia y de un intenso turno de preguntas, Hernán Migoya nos dejó con la sensación de querer saber más sobre su obra y su persona, quizás en su última conferencia en España, ya que se marcha a vivir a Perú.
Y así fueron las Jornadas Literarias 2013, queremos dar las gracias a todos los patrocinadores, colaboradores, público en general y los ponentes por hacer posible una nueva edición, vamos a por la XVI.
viernes, 5 de julio de 2013
Luciérnaga presenta:
Desde la Asociación Luciérnaga
queremos celebrar nuestro XV aniversario con un evento muy especial. Por
primera vez en estos años ,salimos de nuestra localidad natal , Villanueva de
los Infantes, y en colaboración con nuestros amig@s de Cózar, presentaremos el
cartel de las próximas Jornadas Literarias “Nuevos Cauces de la Literatura y el
Arte” que tendrán lugar del 24 al 28 de julio, en el Patio de la Alhóndiga de
Villanueva de los Infantes.
En la presentación del próximo día 12 de julio en Cózar, desvelaremos los
nombres de los músicos, los poetas, los fotógrafos, los novelistas y los
dibujantes que nos acompañaran a finales de julio, en las ya imprescindibles
Jornadas. Además queremos acompañar la
presentación del cartel con un concierto largamente esperado y que nos mantiene en la senda de una programación
cultural de primer nivel para todos los habitantes del Campo de Montiel.
Por eso, Asociación Luciérnaga tiene el gusto de presentar a:
Ana Alcaide
es una intérprete y compositora además de investigadora en torno a antiguas
tradiciones y culturas.
Nació en
Madrid e inició sus estudios musicales con el violín a los siete años. En el
año 2000 Ana viajó a Suecia y conoció la Nyckelharpa o Viola de Teclas, un
instrumento medieval minoritario de origen sueco. Ana ha sido pionera en la
introducción y divulgación de la nyckelharpa en España,
orientando su carrera hacia las músicas del mundo, combinando su interés por la
música tradicional con el aprendizaje de técnicas más modernas.
Como fruto
de su búsqueda personal y experimentación con el instrumento, publicó ‘Viola
de Teclas‘ en el año 2006, obra que marca el inicio de su carrera
musical. Su segundo trabajo ‘Como la Luna y el Sol’ (2007/2008)
ofrece una original visión de la antigua tradición sefardí. A finales de 2009
recopiló sus tres primeros años de trabajo en el DVD ‘Ana Alcaide en
concierto’, grabado en la Sinagoga del Tránsito de Toledo. Después de un
largo periodo de dedicación a la maternidad, en 2012 publica su tercer disco, ‘La
cantiga del fuego’, trabajo compuesto durante su embarazo y que marca un
punto de inflexión en su vida personal y profesional.
En Toledo,
ciudad donde se estableció en 2001 coincidiendo con su decisión de retomar sus
estudios musicales. Esta ciudad es fuente cotidiana de inspiración y gran
influencia para su música, habitualmente descrita como la ‘Banda sonora de
Toledo’.
lunes, 13 de mayo de 2013
Fechas confirmadas para las XV Jornadas Literarias
Ya tenemos fechas definitivas para la edición número 15 de las Jornadas Literarias (Nuevos cauces de la literatura y el arte) este año serán desde el Martes 23 hasta el Domingo 28 de Julio.
Esta edición se presenta con la novedad de amplíar un día más las jornadas respecto a años anteriores.
La edición 2013 guardará la estructura que viene manteniendo en los últimos años: El día de la presentación (Martes 23) se reserva para los artistas plásticos, la noche del Viernes 26 es para la velada musical y el resto de días para escritores, poetas, cineastas u otras personalidades de la cultura y el arte.
En las próximas fechas iremos desgranando nuestras primeras confirmaciones.
Esta edición se presenta con la novedad de amplíar un día más las jornadas respecto a años anteriores.
La edición 2013 guardará la estructura que viene manteniendo en los últimos años: El día de la presentación (Martes 23) se reserva para los artistas plásticos, la noche del Viernes 26 es para la velada musical y el resto de días para escritores, poetas, cineastas u otras personalidades de la cultura y el arte.
En las próximas fechas iremos desgranando nuestras primeras confirmaciones.
viernes, 10 de agosto de 2012
Escribir para convertirse en otro
Saludos Luciernag@s.
Os adjuntamos el texto íntegro de la magistral conferencia que dió el escritor Luisgé Martín el pasado 28 de Julio con motivo de las XIV Jornadas Literarias.
Os adjuntamos el texto íntegro de la magistral conferencia que dió el escritor Luisgé Martín el pasado 28 de Julio con motivo de las XIV Jornadas Literarias.
ESCRIBIR PARA CONVERTIRSE EN OTRO (Luisgé Martín, 28-7-2012)
Voy a comenzar hablando de tópicos y de lugares comunes, y el primero de ellos es advertir que hay dos tipos de escritores. Los que toman la escritura como un oficio y los que la toman como un destino. Entre estos últimos encontraremos a algunos que gozan escribiendo como si vieran a Dios, a otros que padecen las peores torturas mientras lo hacen y a otros más grisáceos que no sufren demasiados sobresaltos, pero a todos se les puede reconocer por una seña: no dejarán de escribir pase lo que pase. Es como una condena. Aquellos que lo tienen sólo como oficio, sin embargo, seguirán escribiendo mientras les paguen por ello. Si no hay dinero, no hay tarea. Del mismo modo que no existen fontaneros que arreglen tuberías por imperiosa necesidad —o no hay constancia de ello, al menos—, no hay escritores de esta clase que escriban gratis. Los que toman la escritura como un destino, en cambio, escribirían gratis y hasta apaleados.
Es ésta una de las razones fundamentales de que los detractores del copyright, tan crecidos hoy a la sombra de la piratería digital, afirmen que sea cual sea el régimen de explotación de los derechos intelectuales seguirá habiendo creadores y obras de arte. Tienen razón en esto. Los que pintan, los que componen, los que escriben por fatalidad, por necesidad, buscan la gloria, buscan la fama, buscan el dinero, pero seguirán haciéndolo sin nada de todo eso. Todo lo que voy a decir a continuación está referido a este tipo de escritores, a los escritores llamados de raza. En los otros no tiene ningún sentido.
La figura del escritor es una de las más contaminadas por mitologías, leyendas y mentiras. La imaginería romántica nos presenta un retrato siempre bohemio del escritor: le vemos trabajando de noche frente a su máquina de escribir vieja, gastada; a algunos les imaginamos incluso sin máquina de escribir, escribiendo a mano y arrugando sin descanso folios en los que han emborronado frases infelices; la mesa de trabajo, anublada por el humo del tabaco de los cigarrillos que el escritor fuma sin pausa, está desordenada; hay libros abiertos, objetos extravagantes que provienen quizá de viajes exóticos, desperdicios de comida y, sin duda, una botella de alcohol, a poder ser whisky o absenta; el resto de la habitación está descompuesta, desmañada, sucia, y el propio escritor tiene un aspecto deslucido: ropa arrugada, barba de varios días, pelo greñudo, desaseado.
Toda ésta es la iconografía externa, pero lo más importante lo veremos en sus ojos, en el fondo turbio de esa mirada que, como asegura el refrán, es el espejo del alma. ¿Qué encontramos en esos ojos si los examinamos con atención? Encontramos, en primer lugar, a un ser desamparado y melancólico, a alguien que escribe para ocultar sus carencias y sus vulgaridades; a un hombre lleno de insuficiencias, de fracasos personales, de naufragios. Las causas pueden ser infinitas: amó a una mujer o a un hombre que no le correspondieron; amó a una mujer o a un hombre que le correspondieron y murieron luego prematuramente; amó a una mujer o a un hombre a los que sin embargo arrastró a los infiernos con sus celos o su vanidad o su locura; o ni siquiera amó: estuvo sólo desde que tiene recuerdos; o padece adicciones que le trastornan y le convierten en un pequeño monstruo: el alcohol, las drogas; o ha sido menospreciado socialmente, ha soportado burlas y traiciones, ha ido acumulando desengaños de todo tipo a lo largo de su vida. Las causas, ya lo he dicho, pueden ser infinitas, pero el resultado es siempre el mismo: el escritor está demediado, incompleto, escindido, tronchado por alguna parte. El escritor es lo que normalmente se llama un inadaptado. Cuando cualquiera de nosotros mira con un poco de frialdad el mundo —sus injusticias delirantes, sus absurdos, sus insuficiencias—, siente una cierta perplejidad, siente a veces desesperanza, siente cólera, siente incluso risa.
Pero luego, después de esos momentos fugaces de asombro, regresa a la vida normal y vive como si nada. Como si las infamias, los abusos y las arbitrariedades fueran la excepción y no la norma, como si su existencia tuviera sentido, como si no fuera a morirse. Si uno es todavía adolescente, se vuelve desobediente, indisciplinado, rebelde: sueña con cambiar ese mundo, con rehacerlo, con poner las cosas en su sitio. El escritor es una especie de adolescente perpetuo, con lo de bueno y de malo que eso conlleva. La perplejidad nunca se le va. El aturdimiento nunca se le va. La extrañeza nunca se le va. Hay una frase de Carmen Martín Gaite —título, además, de una de sus novelas— que expresa esta sensación cabalmente: “Lo raro es vivir”. Todos sabemos que vivir es algo raro, algo inexplicable. Todos —salvo los realmente creyentes en alguna religión trascendente— sabemos que vivir es un despropósito, una insensatez, una nada. Pero todos, sin embargo (o casi todos), vivimos. Vamos al mercado, elegimos el modelo de coche que queremos comprarnos, seducimos a mujeres o a hombres, criamos hijos, nos cortamos el pelo a la moda, elegimos la ropa que mejor nos sienta, hacemos dietas de adelgazamiento, vemos películas, viajamos a ciudades lejanas, nos citamos con amigos, tenemos empleos, malgastamos tardes contemplando programas de televisión, cocinamos, navegamos por internet, dormimos siestas. El escritor no deja de hacer estas cosas, pero las hace siempre desde la desconfianza, desde la duda. Nunca pierde de vista la extrañeza de vivir.
Por eso es, en alguna medida, como un adolescente que no termina de crecer. Quiere cambiar el mundo, rehacerlo, reconstruirlo todo. Pero como no es imbécil —o no siempre—, sabe ya, a diferencia del adolescente, que el mundo no se puede cambiar, que la muerte no se puede transfigurar o impedir, que las enfermedades, las injusticias, las traiciones, las incoherencias y las necedades no se pueden corregir de ninguna de las maneras. De modo que se convierte, para siempre, en un ser bipolar, en un ser que vive en dos extrañezas: la de vivir y la de cocinar una materia artística que no sabe muy bien para qué cocina.
Toda esta descripción apocalíptica y dolorosa de la figura del escritor que acabo de hacer seguramente es una más de las pinturas tópicas que lo retratan. Una más de las mitologías románticas a las que aludía antes. Pero en el fondo es cierta. Los escritores de hoy, si debo fiarme de mi experiencia, ya bastante amplia, se duchan con regularidad, tienen casas ordenadas y de aspecto burgués, escriben en ordenadores de última generación (e incluso usan portátiles cuando se desplazan fuera de su casa), no fuman más que el resto de ciudadanos, no son drogadictos, y beben con un exceso razonable: es decir, no son alcohólicos. Aparentemente, por lo tanto, son ciudadanos respetables e incluso vulgares.
Tienen relaciones sentimentales más o menos convencionales, veranean en la playa, pagan a una asistenta para que les limpie la casa y son hinchas del Barça o del Atlético de Madrid. En cuanto se les conoce un poco, sin embargo, se ve el desgarro, la neurosis, la herida por la que sangran. Son personajes complicados, de difícil trato, desequilibrados emocionalmente. Adolescentes, en suma. Escriben porque no pueden dejar de hacerlo. Es una medicina, una pócima, un remedio. Es el único modo que tienen de compensar sus carencias. Como la insulina para el diabético, si se me permite la comparación ramplona, la escritura es para el escritor una sustancia imprescindible. No le cura —no existe cura para ese mal, en realidad—, pero le alivia los síntomas y le permite seguir viviendo sin que los demás noten su enfermedad.
Muchas veces se ha dicho que el escritor se refugia en la ficción para huir de lo real. Habría que discutir con mucho tiento qué es “huir” y qué es “lo real”, pero en lo esencial la afirmación es válida. En este aspecto, a mi juicio, todos los tópicos que se repiten también son atinados. El escritor se refugia en la ficción para ser otro distinto al que es. O para vivir vidas que no va a poder vivir en el mundo “real”. O para resolver problemas que no tiene agallas para resolver en su propia carne. Para convertir, en suma, sus propias limitaciones en materia artística.
Hay una celebérrima frase de Flaubert que a mí me gusta citar siempre que puedo porque me parece que es exacta. Cuando le preguntaron de dónde había sacado la inspiración para escribir Madame Bovary, de quién había tomado sus rasgos, sus anhelos y sus circunstancias vitales, él respondió: “Madame Bovary c’est moi”. “Madame Bovary soy yo”. No conozco muy bien la biografía de Flaubert, pero es evidente que se parecía poco a la de Emma Bovary. No era una mujer, no vivía en provincias, no estaba rodeado del vacío espiritual que siente su personaje, no debía permanecer a la sombra de su marido en un mundo machista, etcétera, etcétera. Y sin embargo la inspiración para dibujar a madame Bovary había salido de sus propias tripas, de su interior. Da igual que tomara prestados los detalles accesorios de un modelo real —descripción física, anécdotas biográficas, peculiaridades del carácter—, porque lo sustancial, el meollo, el alma del personaje, lo tenía dentro de sí mismo.
Yo confieso que a veces, cuando escucho hablar a algunos actores de los métodos naturalistas con los que preparan sus trabajos, me burlo de ellos.
A lo mejor es por ignorancia, pues mis habilidades interpretativas son más bien vegetales o incluso minerales, pero me parece innecesario o exagerado tener que pasarse meses vomitando la comida para interpretar a una bulímica o internarse en un psiquiátrico para dar vida a un autista. Estoy seguro de que Flaubert no se puso faldas ni se recluyó durante meses en la campiña francesa. Lo que define a Emma Bovary es su insatisfacción, sus sueños malogrados, su angustia; y para modelar todo eso Flaubert no tuvo que salir de su habitación ni buscar modelos.
Ningún escritor escribe de asuntos ajenos. Fundamentalmente y antes que nada porque no le interesa hacerlo. Un escritor —siempre un escritor de los de verdad, no un escribano— sólo escribe de aquello que le inquieta, de lo que le aturde, de lo que le asombra, de lo que le aterra. Por eso, entre otras cosas, muchos grandes escritores son incapaces de escribir un best-seller, aunque se lo propongan y aunque les sobre la pericia para hacerlo. En cuanto comienzan a redactar se aburren, se apartan de la narración. Cuando alguien me ha preguntado por qué no trataba de escribir una novela negra o histórica que tuviera determinados ingredientes comerciales y un lenguaje más directo y simple, capaz de conectar con el gran público, he respondido siempre que me parece una tarea fastidiosa y soporífera de la que no sacaría ningún provecho: para hacer dinero ya tenía un trabajo, una nómina, una oficina, una profesión; la literatura la dejaba para mis fantasmas, para mis vísceras. Para enmendar con ella mi vida o para vivir otras vidas que no podré vivir.
Vivir otras vidas, a eso íbamos. Ser otro durante el acto de creación. Ponerte faldas, aburrirte en la campiña francesa, casarte con un médico al que no amas verdaderamente. O matar una ballena gigante, convertirte en cucaracha, naufragar en un país donde todos son gigantes o liliputienses, enamorarse hasta la locura de una niña explosiva de quince años o andar por el mundo desfaciendo entuertos y matando gigantes. La vida, la que tenemos, sabe a poco. Las buenas y las malas. Es fugaz, miserable, antojadiza. Aprendemos las cosas cuando ese aprendizaje ya no nos sirve de nada. Nos falta tiempo, energía y magia para vivir cuanto quisiéramos vivir. Eso no tiene remedio, y para enmendarlo necesitamos la ficción. ¿Alguien puede imaginar un mundo en el que no hubiera cuentos, novelas, películas, series de televisión, obras de teatro? ¿Alguien puede imaginar hoy su vida desprovista de todos esos elementos que nos despiertan la imaginación y nos representan el mundo, desde el chisme del corazón —que se convierte enseguida en novelesco— hasta la ópera, desde lo más zafio hasta lo más refinado? Se viven otras vidas cuando se lee una novela, cuando se ve Los Soprano en la televisión o una película de Indiana Jones en el cine. Se viven otras vidas cuando se escucha una historia —real o no— que alguien nos cuenta con emoción.
Pero no hay forma mejor de vivir otras vidas que crearlas. Leer y escribir son dos actos vecinos, pero en el segundo, en el de la escritura, hay un componente taumatúrgico que emparenta al escritor con Dios: no sólo se viven otras vidas sino que se crean; no sólo se conoce otro mundo, sino que se reglamenta y se acomoda el mundo en el que vivimos. Yo estoy seguro de que Kafka, cuando terminó de escribir El proceso, o La metamorfosis, o El castillo, o cualquiera de esos relatos que trazan sus laberintos absurdos y asfixiantes, estoy seguro de que al terminar de escribirlos Kafka sentía, por paradójico que pueda parecer, que el mundo real era más razonable, más comprensible, más lógico. El sinsentido se convierte en algo racional a través del arte. Después de contar literariamente una pesadumbre o una tragedia, esa pesadumbre o esa tragedia ya son artificios narrativos. Sólo así podemos vivir con ellas. Es la función terapéutica de la literatura.
Entre mis muchas manías y fobias hay una especialmente molesta: no soporto el ruido. Cuando quiero estar en silencio —leyendo, escribiendo, durmiendo, o incluso conversando con amigos—, me llena de desazón, de cólera y de abatimiento tener que escuchar lo que no quiero escuchar. Detesto, por ejemplo, a la gente que me obliga en el autobús o en el tren a escuchar sus conversaciones telefónicas. Me mudé de una casa porque la calle en la que estaba, en el centro de Madrid, se puso de moda y se llenó de vocingleros que encontraban de lo más natural gritar a las cuatro de la mañana y charlar de banalidades debajo de mi balcón. Y obligué a la comunidad de vecinos en la que vivo ahora a cambiar la maquinaria de los ascensores porque el ruido que hacían al arrancar y al frenar me condujo literalmente a la depresión. Cuento con desparpajo todo esto —que no da una imagen muy saludable de mi cabeza y de mis nervios— porque tengo la seguridad de que contarlo de un modo literario, aunque sea chuscamente literario, como acabo de hacer, sirve para curarlo. Pero lo cuento sobre todo para explicar un episodio clave de mi penúltima novela, Las manos cortadas.
Yo tengo, en el piso de abajo, un vecino de ochenta y pico años que está completamente sordo. Su única afición, o su único consuelo, si exceptuamos unos ciertos paseos que se da por el barrio cuando hace buen tiempo, es ver la televisión. Y la salita que tiene habilitada a ese fin, con su sillón de orejas y su mesa camilla, está justamente debajo de la habitación que yo tengo habilitada como despacho, la habitación en la que, entre otras cosas, me siento a escribir. El volumen al que escuchaba la televisión era tal, dada su sordera, que algunas veces yo casi podía distinguir los diálogos de las películas desde mi casa, a través del suelo. Hablé con él y se mostró comprensivo. Redujo el volumen durante varios días, pero luego empezó de nuevo a crecer poco a poco hasta recuperar el estruendo anterior. Volví a bordear la depresión. Me pasaba horas delante del ordenador tratando de escribir algo, pero solo conseguía obsesionarme y escuchar voces y murmullos televisivos incluso cuando no existían. Como el señor, además, permanecía frente al televisor hasta la madrugada, dormido o despierto, yo iba desesperándome sin remedio. Muchas veces me sorprendieron tumbado sobre la moqueta, con la oreja pegada al suelo, comprobando científicamente qué se oía.
Como los humanos somos mezquinos, comencé a pensar que a su edad y con su frágil salud, no podría durar mucho. Pero inmediatamente —la mente de un psicótico es más rápida que el relámpago— me di cuenta de que sus herederos tal vez decidieran alquilar el piso a estudiantes, pues vivo en el barrio de Moncloa y mi edificio está lleno de pisos alquilados a universitarios de paso, que hacen fiestas, escuchan música de melodías imposibles y guardan en general poco respeto por eso que se llama convivencia vecinal. Estaba yo en todo ese desbarajuste psiquiátrico mientras escribía Las manos cortadas, y de repente un personaje me prestó su vida para aliviar mis males. Victoriano Larrañaga (es el nombre del personaje) es un muchacho que abandona la casa miserable de sus padres, en la que compartía dormitorio con varios hermanos, y se muda a un piso pequeño de un barrio de Santiago de Chile. En ese piso, a pesar de su tamaño minúsculo y de su fealdad, es feliz: por fin tiene intimidad, está solo, posee un espacio. Pero la felicidad le dura poco, pues un día, mientras duerme, comienza a oír disputas y voces en el piso de abajo. Se inquieta, se aturde. Pierde la calma. En las siguientes noches se repiten las voces, las conversaciones extrañas. Y él se tumba en el suelo y escucha para intentar enterarse de lo que ocurre.
Y se entera de todo. Los individuos que están reunidos abajo son unos conjurados que organizan un golpe de estado para impedir que Salvador Allende, que acaba de ganar las elecciones presidenciales de 1970, llegue al poder. Están planeando el asesinato del general René Schneider, que era en aquella época el Jefe del ejército y que garantizaba la neutralidad militar y el respeto constitucional. Victoriano Larrañaga lo oye todo, lo entiende todo. Le vemos pegado al suelo de su dormitorio, con la oreja aplastada en la madera y un cuadernillo al lado para anotar todos los datos de interés que logre descifrar. Es un periodista recién licenciado y con ambición, de modo que corre a contarle a su jefe lo que ha averiguado.
A partir de ese momento la historia sigue su curso y no tiene ya más sentido relatarla aquí. Tampoco tiene sentido que yo cuente cómo terminaron mis relaciones con el vecino del piso de abajo, que todavía vive. Pero sí tiene sentido, creo, que veamos los dos episodios, el real y el novelesco, enfrentados o superpuestos. Primero para constatar ese uso terapéutico de la literatura. Mentiría si dijera que después de escribir ese episodio ya no me molesta el vecino de abajo y soy inmune a los ruidos, pero sí puedo asegurar que mientras lo escribía me daba igual el volumen de la televisión y los truenos que restallaran. Y que al metamorfosearlo en ficción, en mentira, llevé la anomalía a un territorio en el que es más fácil dominarla. El ruido del piso de abajo en una novela no es molesto ni perturbador, sino prodigioso. Y en segundo lugar tiene sentido que miremos los dos episodios enfrentados para que tratemos de responder anticipadamente, cuando leemos una novela o un relato literario, a esa pregunta tan recurrente: “¿Qué hay de autobiográfico?”. Yo tuve que responder muchas veces a esa pregunta cuando apareció la novela: “¿Qué hay de autobiográfico en Las manos cortadas?” Es una novela ambientada en Chile en la que a los personajes —y a mí mismo, que aparezco también como personaje— les pasan cosas o completamente inventadas o completamente históricas, como el asesinato del general Schneider. Nada de lo que ocurre en la novela me ocurrió a mí, y casi nada del temperamento valeroso y de la clarividencia que me atribuyo en ella es cierto.
Y sin embargo ocurre el milagro: Madame Bovary soy yo. ¿Cuando un periodista me pregunta “¿Qué hay de autobiográfico?” debo contarle que me molestan los ruidos? Es evidente que sería abusar de su paciencia. Pero es evidente que respondería bien a la pregunta, porque la novela —las novelas en general, mías y de otros— está llena de estas transferencias invisibles que hacen que, aunque ni uno sólo de los hechos que se cuentan en ella sea puramente autobiográfico, sus páginas sean —una vez más— un espejo que sólo refleja el rostro del autor. Ningún otro rostro.
Escribo, pues, para evitar sesiones de terapia clínica y para tratar de encubrir las escasas luces de mi vida con las fulgurantes luces de otras vidas que me invento. En esto soy la encarnación de la vulgaridad literaria. Todos los escritores —incluso los que lo niegan, adornando su obra con grandilocuente palabrería metafísica— hacen lo mismo. Pero un buen día, mientras terminaba de corregir mi penúltima novela, Las manos cortadas, me di cuenta de repente de algo que me asombró. Un rasgo de mi literatura en el que seguramente debería haber reparado antes pero que hasta ese momento no me había llamado la atención. Voy a contarlo contando historias.
En mi primer libro, Los oscuros, hay un relato que cuenta la historia de un hombre homosexual que va a despedir a su amante a la estación de tren y allí se encuentra con una mujer que ha ido a su vez a despedir a su esposo. La mujer se siente atraída por el hombre, le invita a tomar algo, le hace proposiciones lascivas y llega a acosarle sexualmente. Él, que tiene una manifiesta incapacidad para mantener relaciones sexuales con mujeres, la rechaza y, accidentalmente, la mata. Los tribunales le exculpan por lo fortuito del hecho, pero su conciencia no le exculpa. Siente remordimientos, asco, lástima de sí mismo. Abandona a su amante y comienza una travesía de autodestrucción: alcohol, promiscuidad, desorden. Pasa así meses o años, hasta que conoce a un hombre que le seduce y comienza a soñar de nuevo con una vida normal.
Poco a poco va enamorándose de ese hombre y recobrando sus hábitos de antaño. Hasta que un día vuelve a ser feliz y se lo confiesa a ese hombre, le dice que le ha redimido de sus culpas, que le ama, que no podría ya vivir sin él. Es en ese momento cuando el hombre le revela su verdadera identidad: es el marido de la mujer muerta, que ha prometido consagrar el resto de su vida a vengarla. El protagonista, perplejo, le pregunta entonces por qué no se ha vengado antes, por qué no le ha matado ya hace semanas, cuando se conocieron. El marido le responde que para vengarse necesitaba quitarle a él lo mismo que él le quitó al matar a la mujer a la que amaba. Y acto seguido saca una pistola, la muerde y se suicida.
En ese mismo libro hay otro relato que me interesa aquí. Cuenta la peripecia de un hombre rico al que le diagnostican una enfermedad incurable. Los médicos le dan pocos meses de vida. Este hombre, que se llama Sergei, está casado con una mujer a la que ama desesperadamente y que a su vez le ama desesperadamente. Él sabe que, si muere, su mujer enfermará de melancolía y no tardará en seguirle. Por eso organiza un colosal engaño: busca a un hombre que sea físicamente igual a él y le educa durante los meses que le quedan de vida para que se convierta en su doble perfecto y le reemplace cuando muera. Auxiliado por un equipo de profesores y de especialistas, como si fuera un Pigmalión, le enseña al doble todo lo que debe saber. Le trasplanta su vida. Le traspasa sus recuerdos. Y cuando por fin muere, el hombre, en efecto, le sustituye. No voy a revelar el final porque aquí no viene al caso.
En mi siguiente libro de relatos, El alma del erizo, escribí el reverso exacto de ese cuento. Se titulaba ‘Otro hombre’ y volvía a tomar como punto de partida los amores difíciles. Su protagonista, de carácter destemplado y arbitrario, tenía una relación sentimental con un muchacho al que hacía sufrir con sus despotismos, sus ataques de cólera y sus agravios. Después de las tormentas venían las reconciliaciones, las súplicas, los besos apasionados. Todos hemos conocido alguna relación parecida: la convivencia las va destruyendo y, aunque el amor permanezca o incluso se agigante, se vuelven inservibles y destructoras. El protagonista del relato se daba cuenta de ello: no bastaría ya con dulcificar su carácter y templar su comportamiento, pues las heridas del pasado —las ofensas, las palabras excesivas, el dolor innecesario, las burlas hirientes— habían llenado de minas el futuro. A veces las cuentas pendientes hacen imposible recomenzar: siempre reaparecen como sombras, como sentimientos parásitos que chupan toda la sangre nueva que corre por el cuerpo. Igual que es irracional el amor, lo es el aborrecimiento.
El protagonista del cuento se da cuenta de eso, de que por mucho que enmiende su temperamento, por bondadoso y tierno que llegue a ser, no podrá ya reconquistar al muchacho al que tanto ama. Salvo que se convierta en otro. Salvo que abandone su nombre, su biografía, su profesión, su memoria, y se transforme en otra persona completamente nueva. Y a ello se dedica a partir de ese momento. Se marcha de la ciudad y comienza a estudiar, a aprender otras profesiones. Asiste a la consulta de un psicólogo para que le ayude a modificar su conducta. Se esfuerza en aficionarse a todas aquellas cosas que le gustaban al muchacho: el deporte, los cómics… Va construyendo pieza a pieza, así, al amante ideal, al hombre que debería haber sido para no haber perdido nunca a quien amaba. Se realiza por fin una operación compleja de cirugía estética para transfigurar su rostro. Y con ese bagaje vuelve varios años después a la ciudad de la que se fue en busca del muchacho. Dejo a un lado aquí también el desenlace para no desvelar del todo el mecanismo del relato.
La siguiente historia, inédita aún, parte de una sensación que según dicen es común: la llamada crisis de los cuarenta. A esa edad, más o menos, todos hacemos balance de lo que soñamos ser y de lo que en realidad somos, y el balance siempre es desolador, pues los sueños, desgraciadamente, son más poderosos que la vida. El protagonista de este relato tiene poco más de cuarenta años y vive en Nueva York. Cualquiera podría decir que ha triunfado: se casó con la mujer a la que amaba, tiene un hijo estupendo, su crecimiento profesional ha sido formidable, vive en un apartamento envidiable de Manhattan, tiene una vida social agitada… Sin embargo, no es completamente feliz. Tiene un poso permanente de insatisfacción. Un día, de vuelta a casa, ve por casualidad en un restaurante de moda a uno de sus grandes amigos de juventud. Le ve reír al lado de una mujer hermosa. Hablan fugazmente y el amigo le cuenta que se dedica al mundo del cine, que vivió en México durante una temporada salvaje, que probó drogas y tuvo excesos, que ha estado casado pero que ahora anda de cama en cama… Nuestro protagonista siente enseguida envidia. “Eso es”, piensa, “la felicidad”. Esa vida azarosa, improvisada, brutal, bárbara, inestable. Esa vida movediza e intensa que soñaban ellos cuando estaban juntos en la universidad.
Él se equivocó. Hizo lo correcto, lo que los biempensantes dicen que hay que hacer, lo que no entraña riesgo. Se va a casa desolado, triste. Arrepentido de su vida. Y se entretiene hasta la madrugada bebiendo para ahogar las penas. A la mañana siguiente se queda dormido. Aunque el despertador suena y aunque le avisa su mujer, que se marcha a llevar al niño al colegio, él no se levanta. Cuando se despierta, por fin, se apresura para llegar al trabajo. Se asea, se monta en el metro y se encamina a su oficina, que está situada en el World Trade Center. A mitad de camino les hacen salir. Al parecer ha ocurrido un accidente y el sur de la ciudad está inaccesible. Hay humo, emergencia. Ya se corre la voz: las Torres Gemelas han sido derribadas por unos aviones terroristas y hay miles de muertos. Las calles de Nueva York que él ve son un aquelarre: heridos, sombras, fantasmas. Y entonces, al calor aún de lo que sintió la noche anterior al encontrarse a su antiguo amigo, se le ocurre una gran sublevación: hacerse pasar por muerto, huir, y comenzar esa nueva vida con la que siempre soñaba. En una situación de normalidad habría sido incapaz de abandonar a su mujer y a su hijo, de renunciar a la comodidad de su trabajo, de apartarse de sus lujos y sus banalidades, pero ahora, en medio de esa catástrofe, puede hacerlo. Y lo hace. Rompe su teléfono móvil y, caminando, enfila la salida de Nueva York y comienza una nueva vida en la que con otra identidad tratará, como su amigo, de cumplir con los sueños que tuvo de joven. Por tercera vez interrumpo aquí la historia, les escamoteo el desenlace y, en este caso, la moraleja.
Y voy con la última invención que referiré, aunque no es ni mucho menos la última semejante que puede encontrarse en mis libros. Esta pertenece a la novela Los amores confiados y cuenta también un amor homosexual. Sebastián, un campesino español, abandonó a su mujer preñada para unirse a los maquis al terminar la Guerra Civil. Fue hecho prisionero por la Guardia Civil y compartió celda con otro guerrillero, que también se llamaba Sebastián y que se enamoró de él perdidamente. El primer Sebastián hablaba sin parar de ese hijo al que no conocía, de los sueños que había tenido para él. Enfermó de tuberculosis, como tantos otros presos de aquella época, y murió enseguida, pero antes tuvo tiempo de escribir una carta a su hijo y de entregársela al otro Sebastián, su compañero de celda, para que cuando fuera liberado se la llevara. Este Sebastián, el superviviente, tardó mucho tiempo en ser liberado, y cuando lo fue anduvo dando tumbos por España. Sólo al cabo del tiempo, cuando ya era viejo, se acordó de la encomienda y, por fidelidad al amor que había sentido por el Sebastián difunto, buscó a su hijo para entregarle la carta. Lo encontró en Madrid, pero al verlo, extrañamente, sintió un flechazo. Se enamoró del hijo como se había enamorado del padre, y, también como en aquel caso, supo que sus sentimientos no podrían ser correspondidos: el hijo era un hombre mucho más joven, estaba casado con una mujer y tenía una vida apacible. Sebastián, atormentado, decidió entonces quemar la carta y hacerse pasar por el Sebastián muerto, por el padre.
A un padre se le ama más que a un amante, pensó, y, aunque nunca pudiera llegar a tener relaciones sexuales con él, podría tenerle cerca, abrazarle, consolarle. Y así lo hizo. Desterró todos sus recuerdos, aniquiló su propia vida, y encarnó la del Sebastián que muchos años atrás había huido dejando a la madre preñada de un hijo. El hijo lo acogió con emoción, con ternura, con afecto. Le abrió las puertas de su casa, le llevó a vivir con él. Sebastián, por su parte, fue envejeciendo al lado de la persona a la que amaba. Viéndole gozar y sufrir. No fue para él una vida perfecta, pero fue una vida extrañamente dichosa.
Quiero repetirlo: no son éstas que acabo de recontar las únicas historias semejantes que hay en mi literatura. En mis dos últimas novelas, Las manos cortadas y La mujer de sombra, están quizá las más exuberantes de todas, las que se construyen con más materiales y alcanzan mayor sofisticación. No voy a relatarlas aquí para no aburrirles más.
Y quiero repetir esto otro también, por si a alguien le ha pasado inadvertido: hasta hace poco tiempo no fui capaz de ver este monumental desfile de travestis que recorre mi literatura. Ahora me cuesta creer que tardara tanto tiempo en darme cuenta, pero, como dicen los críticos sesudos, este tipo de fantasmas, de obsesiones, de recurrencias, de vueltas una y otra vez al lugar del crimen, es un rasgo de autoría, una confirmación de que —bueno o malo, genial o mediocre— quien escribe es un artista y no un mero artesano. Debo sentirme orgulloso, por lo tanto, de mi ofuscación.
No es sólo que use la literatura para vivir otras vidas, por lo tanto, sino que cuento en ella la historia de personajes que tratan de vivir —o se ven obligados a vivir— varias vidas, que tratan de escapar —o se ven obligados a escapar— de ese corsé biológico que nos fuerza a nacer, a ir creciendo, a seguir un camino y a morir luego. Reconozco que me fascina esa fábula del hombre transfigurado, del hombre renacido, del hombre convertido en otro. Esa especie de reencarnación en la que no media ninguna muerte. Es un paso más allá de lo que nos atrevemos a dar. Yo habría querido o necesitado muchas veces comportarme como esos personajes. En determinadas encrucijadas de mi vida habría querido sumergirme en una piscina bautismal y salir de ella transformado. Habría podido de ese modo hacer cosas que no me atreví a hacer cuando era joven. O recuperar el amor de alguien a quien perdí. O no hacer de mi carrera profesional una rutina nauseabunda. A lo único que me atreví, sin embargo, fue a escribir un relato o una novela. Exorcismos literarios para ahuyentar la vida.
Que conste que no estoy hablando de dar saltos mortales, sino de darlos en el vacío. No estoy hablando, por ejemplo, de abandonar un trabajo aburrido y seguro por otro excitante pero precario. No estoy hablando de aprender a tocar el piano a los cincuenta años, cuando todo el mundo sabe que a esa edad ya no se aprenderá bien. No. Todos esos actos son hermosos y admirables pero son dóciles. Estoy hablando de atravesar continentes, de abandonar familia, de renunciar al amor o de destruir todo para salvarlo. Estoy hablando de arrasar absolutamente lo único que nos da unidad, que nos hace personas: la memoria, nuestros recuerdos. Un tetrapléjico, un individuo con esclerosis múltiple o con la enfermedad más terrible que puedan ustedes imaginar sigue siendo una persona, la misma persona que era.
Su vida será sin duda completamente distinta a como era antes de la enfermedad, pero la identidad será la misma, aunque a veces, de modo retórico, digamos que estamos ante dos personas distintas, la de antes y la de después. El muchacho atlético y juvenil que antes era bondadoso y vitalista, ahora, después de un accidente que le ha dejado inmóvil para el resto de sus días, está amargado y lleno de resentimiento. “Es otra persona”, decimos. Pero no, no es otra persona. Justamente porque es la misma persona, porque recuerda lo que tuvo, la vida que imaginó, los días de sol en una playa, las noches en las que hacía el amor con mujeres, las jaranas nocturnas, los viajes a países lejanos, justamente porque recuerda todo eso a la perfección es ahora un ser bilioso, retorcido, atormentado. Un enfermo de Alzheimer, en cambio, deja de ser la persona que era. Tal vez se convierta en nada o se convierta en otro, pero hay una ruptura, una metamorfosis, un verdadero renacimiento. Han perdido la sustancia, la médula, lo que nos hace únicos, lo que nos permite poder seguir diciendo “yo” para referirnos a nosotros mismos desde que empezamos a hablar hasta que morimos, a pesar de las incontables diferencias de todo tipo que habrá entre el niño y el anciano: han perdido los recuerdos, la conciencia de su propia vida. ¿Han visto ustedes alguna vez los ojos de un enfermo de Alzheimer en uno de esos últimos fogonazos de conciencia intermitente, cuando fugazmente recuerda quién fue y se da cuenta de que se le está escapando la memoria de sí mismo como un líquido en un desagüe? Se ve puro terror en esos ojos. Mucho más terror, mucha más desesperación, si se me permite este juego macabro, que en los ojos de un tetrapléjico. El enfermo se percata en esos momentos de que su cuerpo seguirá viviendo pero no sabrá ya qué hizo, de quién fue, quién lo abrazó o lo golpeó.
¿Es eso lo que buscan mis personajes? En teoría sí, pero yo estoy seguro de que no. Como no he contado los finales ni las moralejas de las historias que he ido hilando, les advierto ahora que son casi todos (o quizá todos) bastante desoladores. No creo mucho en la regeneración. No creo en la capacidad del hombre para quitarse una piel y ponerse otra completamente distinta: somos reptiles, sí, pero no serpientes. No creo que sea posible recomenzar partiendo de cero. Es más: ni siquiera creo que sea conveniente. No sé si me gusta mi vida, pero es la mía. Si en uno de esos juegos mágicos alguien me ofreciera la posibilidad de apretar un botón y convertirme en otra persona distinta completamente feliz —estabilidad emocional, dinero suficiente, trabajos fascinantes— diría que no, rechazaría el botón. He dicho otra persona diferente completamente feliz, no en mí mismo con estabilidad emocional, dinero suficiente y trabajos fascinantes. Si se tratara de esto último, me arrojaría al botón y no lo soltaría. Pero no es ése el pacto. El pacto es dejar de recordar, olvidar todo lo que fuiste, lo bueno y lo malo.
Eso es lo que quieren hacer algunos de mis personajes. Yo les dejo, les acompaño, porque sé que así me ahorran a mí el viaje. Aprendo de su fracaso. Son impostores. Se mienten primero a sí mismos, diciéndose que están dispuestos a desprenderse de todo, hasta de lo más importante, y mienten luego a los demás haciéndose pasar por otros. Pero no son otros. Son ellos mismos travestidos. Más tarde, en el camerino, cuando acaba la función, se quitan la peluca, se limpian el maquillaje, se arrancan los postizos y los trajes de pedrería, se sacan las medias, se bajan de los zapatos de tacón y comprueban que siguen siendo los mismos de antes. Más viejos, más frustrados, quizá más sabios, pero los mismos.
Hay una frase de La peste, de Albert Camus, que recuerdo muchas veces. El sacerdote de la ciudad sitiada por la enfermedad, irreverente, abrumado por el sufrimiento que ve a su alrededor, con la fe perdida, da un sermón a sus fieles y se pregunta: “¿Hay alguien que pueda decir que toda una eternidad de gloria compensa un solo instante de dolor humano?” Su respuesta es que no: toda la eternidad de gloria que Dios promete no justifica ni un sólo instante del dolor que sentimos. Yo creo que detrás de un escritor hay siempre un hombre que perdió la fe. Un hombre que fue expulsado del paraíso —de algún paraíso— y busca en el laberinto la forma de regresar. Un hombre que se hace demasiadas preguntas. Un hombre que cada mañana, al abrir el periódico, se da cuenta de que ninguna gloria, ninguna felicidad extraña, puede compensar una sola de sus noticias grotescas y despiadadas. Por eso si alguien me pregunta por qué vivo, no sé muy bien qué responderle. Si alguien me pregunta en cambio por qué escribo, le respondo de inmediato: para vivir. Para vivir las vidas que no he vivido.
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